Argentina, 1994 - Polonia, 1941
- ¡Qué bien que viniste! No sé qué pasa, no puedo ver nada en la televisión.
- ¿Llamaste al service?
- Sí y me dicen que no tienen tiempo hasta pasado mañana..., ¿qué voy a hacer sin televisión?
- A ver, vení, vamos a ver...
- ¿Te animás a tocarla vos?
- ¿Y vos, qué tocaste?
- Todo, toqué todo, no sé qué hice, cada vez se ponía peor hasta que al final, ¡puf!, no se vio nada más.
- Me parece que es la sintonía, esperá que lo llamo a mi marido y le pregunto.
-.......
- Dice que toque estos botones.... Mirá ya se ve el canal 2.
- Mirá como él sabe...Yo no sé qué tienen los hombres con los aparatos...
- No todos, mamá
- ¿Los aparatos?
- No, los hombres. Mirá, se ve el 7.
- Andá... me vas a decir que hay algún hombre que no se pare en una ferretería, que no tenga su caja de herramientas que nadie puede tocar, que no sepa de marcas y modelos de coches... ¡Son todos iguales!
- Mirá, vos y yo nos casamos con hombres así, pero hay otros...
- Tu hijo por ejemplo.
- Ahí tenés. No tiene herramientas, no le gusta clavar, martillar ni atornillar, no le importa nada de coches... ya está el 11 y ahora el 13.
- Esperá que tenga uno, esperá que se lo pueda comprar. Dale tiempo. Mientras, fijate cómo está enchufado a la computadora. Hoy es la computadora, antes eran martillos y destornilladores. Es igual. Son todos iguales. No sé. Ya está bien, parecés un hombre. Tienen la cabeza distinta, piensan de otra manera... Mirá tu papá con la bicicleta primero y después con la moto. En ese entonces la gente no tenía ni pensaba en coches como ahora, era sólo para ricos, un lujo. Su sueño era tener una moto. Me acuerdo cuando se compró por fin la bicicleta. La guardaba en su dormitorio, al lado de la cama y dormía con una mano apoyada en un pedal. La limpiaba, la lustraba, la engrasaba... Tenía dos pasiones: yo y la bicicleta.
- ¿Qué primero?
- Depende, si pensaba que yo estaba segura, entonces lo primero era la bicicleta; pero si nos habíamos peleado o si se ponía celoso o si yo no le daba bolilla, entonces yo. Pero cuando llegaba la temporada de las carreras, ya sólo tenía eso en la cabeza. ¡Y era tan flaco! Podías contarle las costillas. Piel y huesos. Y corría. La carrera se hacía cuando empezaba el verano, iban de Drohobycz hasta Stryj, y no era un camino derechito como hay en la Argentina, no existe así allá. Daba vueltas, subía y bajaba, era muy difícil. Nunca ganó. La única vez que estuvo cerca, llegó segundo. Decía que el que llegó primero había hecho trampa, que antes de llegar a Stryj, un amigo lo remolcó con una moto, con lo que adelantó un montón... Nunca supe si eso era verdad pero ahí empezó a soñar con la moto. Por eso empezó a trabajar. No porque se quería casar conmigo, preparar un futuro... ¡no!, era un chico, como todos los hombres...¡para comprarse una moto! Fue al taller del papá y le pidió que le enseñe el oficio. Primero fue aprendiz y le hacían barrer, llevar y traer cosas, sostener maderas pesadas, cargar, pero como era muy testarudo y trabajador, muy pronto ya estaba ocupándose de hacer cosas más importantes. Cuando pudo, empezó a hacer algo por su cuenta, trabajos chicos que el padre no quería tomar, como arreglos y modificaciones de muebles. Plata que ganaba la guardaba. La madre se la guardaba. Tenía en la cocina dos latas que eran sólo para él, los hermanos no sabían. En el estante más alto, en el fondo, escondía, en una, las masitas que le cocinaba especialmente, y, en la otra, el dinero que juntaba para comprarse la moto. No sé cuántos años ahorró. Ni a mí me dijo. Después de casados, ya vivíamos en Drohobycz, un día vino con su Skoda recién comprada. Ya Romek había nacido, tenía algunos meses. "¿De dónde sacaste la plata?", le pregunté sin poder enojarme y me contó. Pobre. No le iba a durar mucho. En 1941, cuando los alemanes rompieron el pacto que habían hecho con los rusos, la vinieron a buscar. "Necesitamos todos los vehículos disponibles" dijeron los soldados del Ejército Rojo, "le vamos a dar un recibo, todo en orden, la tasación, todo legal, cuando todo termine o bien se la devolvemos o bien le reintegramos el dinero necesario para que se compre una igual, no se preocupe" Mirá cómo le importaba que guardó esos documentos todos estos años. ¿Cómo no se iba a preocupar? Para papá fue como si le arrancaran su sueño, como si se llevaran a su hijo. Se escondía para llorar pero yo lo escuchaba. Nunca le dije nada, no quería avergonzarlo. Después supimos que era una tontería. Después supimos que el dolor por la falta de un hijo no se parece a eso. Pero en ese momento era lo más terrible que nos había pasado.
- ¿Cómo “lo más terrible”? Si estaban en el medio de la guerra, ¿cómo decís eso?
- No estábamos en el medio de la guerra, no nosotros. Para nosotros la guerra no empezó en el 39. Tuvimos suerte porque Alemania y Rusia se repartieron Polonia y quedamos del lado de los rusos y hasta fin de 1941, no estábamos mal. Recién cuando entraron los alemanes empezaron de verdad nuestros problemas. En ese momento, que se llevaran la moto era toda nuestra tragedia. Y mirá cómo era que con todo lo que pasamos, papá nunca lo olvidó. Decía: "Algún día me la van a devolver o se las voy a cobrar, ya van a ver". Y guardó esos papeles todos estos años.
- Son los papeles que estaban en la carpeta, escritos en ruso?
- Sí. No sé dónde los trajo cuando vinimos, nunca me los mostró. Así era papá, cuando algo se le metía en la cabeza, de ahí no salía.
- Pero acá nunca tuvo moto.
- No. Acá quería tener un coche. La misma historia. Ahorró, ahorró, moneda sobre moneda y al final se salió con la suya. Cuando fuimos a buscar el coche a la agencia, un Mercedes gasolero, taca-taca-taca le decían, le pidió a un empleado que se lo sacara. No sabía manejar. "Explíqueme", le dijo. Y así aprendió. Y otra vez todo de nuevo. No podía guardar el coche al lado de la cama y dormir con una mano apoyada en el capot, pero las primeras noches, salía varias veces a la calle para ver si todavía estaba. ¡Parecía un chico! Además, nadie más tenía un coche, éramos los primeros. Se sentía importante, un triunfador entre los grine.
- ¿Ése fue el auto con el que tuvimos el accidente del recorte que guardaba en la carpeta?
- Sí. Imaginate cómo se sentía. Me parece que nunca pudo superar la culpa que sentía. Él que se mandaba la parte que manejaba tan bien... ¿cómo pudo pasarle eso? No se lo explicaba. Una vez me lo dijo, sólo una vez habló, pero es bastante para él, yo sé. Nunca se lo perdonó. Esa vez me dijo: "Tantas cosas pasamos, sobrevivimos todo eso, vinimos acá, hicimos una familia, estamos bien y yo casi tiro todo abajo...". Y no fue su culpa, fue la fatalidad, pero nunca más quiso hablar, nunca.
- Ay mamá con la culpa, ¡qué tortura ha sido esto para ustedes! ¿no?
- No sé. Puede ser. No sé cómo se vive de otra manera. ¿Está tan mal? ¿Te parece?... yo a veces pienso que está mal pero no estoy segura, no sé. Lo que sé es que papá le había prometido a mi papá que me iba a cuidar y después se prometió a sí mismo que cuidaría a su familia y cuando veía que no podía, que las cosas no salían como él quería, se acusaba, se trataba de torpe, de inútil... Y no era así. Cuando vaya al cementerio la próxima vez, se lo voy a decir, le voy a decir que no tuvo la culpa, que la vida con nosotros fue así, que fue más lo que nos dio que lo que nos sacó, al final ese día no murió nadie. Heridas, internaciones, susto, operaciones..., pero al final terminó bien. Tal como tantas veces la suerte nos ayudó, otras veces se cobró los favores que nos había hecho, él no tenía nada que ver. Se lo voy a decir. La próxima vez que vayamos al cementerio.