Argentina, 1993 - Argentina, 1947-50
- ¿Qué vas a hacer el domingo?
- No sé... un asado. La carne se hace sola, preparo unas ensaladas y ya está.
- Comprá morcilla que hace mucho que no como. Y cordero, ¿tenés donde conseguir cordero por tu casa?
- Sí, en todos lados...
- Comida de cosacos..
- ¿Qué decís? ¿cosacos?
- Sí. ¡Qué tonta era! Cuando llegamos a Buenos Aires, no podíamos bajar del barco, no teníamos visa; nuestra visa era para Paraguay, pero ¿quién quería ir allá?. Sin visa, igual bajábamos, nos íbamos a pasear y volvíamos al barco a dormir.
- ¿Cuánto tiempo?
- No me acuerdo, me parece que fueron varios días, una semana, algo así. Todo era tan raro para nosotros. Parecía que estábamos en el paraíso. Nadie sabía de guerras, ni de miedo, ni de hambre. ¡Las verduras, las frutas! ¡Frutas que nunca había visto en mi vida!, ¡las panaderías!, nunca vas a poder entender, nadie puede entender lo que era para nosotros todo eso que veíamos. Íbamos a dormir al camarote y no podíamos cerrar los ojos, no parábamos de hablar, de hacer planes... Papá quiso quedarse en Brasil, pero yo no quise, no sé por qué, me imaginaba que allí había indios o salvajes... Yo lo convencí. Le dije: "Si era bueno para el barón Hirsch, ¿quiénes somos nosotros para decir que no?, ¿acaso somos más que él? ¿leímos más, pensamos más?", "Siempre con tus libros" me contestaba, "con los libros no se come. No sé. Dicen que es un país antisemita..", "Dicen", le decía yo irritada, "dicen, dicen....sin embargo hay muchos judíos que viven acá y parece que algunos viven muy bien... antisemitas hay en todos lados, ¿qué pensás?, no sé por qué no nos quieren, en todos lados es igual. Éste es un país rico, la gente no pasa hambre, a la noche todos pasean, son libres, hay trabajo... ¿Qué más querés?". Y lo convencí.
- Además estaba Berta Minicovsky...
- Sí, es verdad. Ellos nos ayudaron en los primeros tiempos, con ellos hicimos los papeles...
- ¿Te acordás que siempre pasábamos con ellos el final del Kipur?
- Sí, no sé por qué nos juntábamos en esa fecha, si ninguno de nosotros iba al templo ni ayunaba...poco a poco fue lo único que fue quedando entre nosotros. Al principio fueron los únicos que conocíamos, pero después, cuando encontramos a otros que habían pasado la guerra como nosotros, nos fuimos alejando de los Minicovsky.
- ¿Por qué?
- No sé. ¡Era tan buena gente! No muy pulidos ni con gran roce social, pero tenían un gran corazón y ¡cómo te querían! Pero... no sé, aunque a Berta la conocíamos de nuestra ciudad, yo no me acordaba bien de ella. Ella emigró como en el treinta y pico y cuando llegamos, en el cuarenta y siete, ya vivían como “hízigue chvekes”[1], tomaban mate, comían pasta frola con dulce de membrillo, sabían de asados, chorizos, morcillas y chimichurris, escuchaban Radio del Pueblo, iban al corso en carnaval, se sentaban en la vereda a tomar fresco, esas cosas... Era todo tan raro para nosotros.
- Yo no me puedo olvidar de cuando nos juntábamos después de Iom Kipur. ¿Te acordás de la mesa que preparaban?[2]
- Parecía que uno no había comido hacía veinte años... Yo no podía creer lo que veía. Nunca en mi vida había visto todas esas cosas juntas.
- Guefilte fish, hervido y al horno, con jrein blanco y jrein rojo[3].
- Filet en escabeche, hígado picado con huevo duro, berenjena con cebolla, capusta[4], pepinos agridulces y en vinagre
- macarundlaj, kíguel de fideos[5]
- ¿y el kíguel de arroz? ¿te acordás qué rico le salía a Berta?
- pastrom, cracovia, wurscht,[6] hering con crema, schmaltz hering,
- tomates, aros de cebolla, queso blanco con cebollín, pollo con mayonesa,
- leicaj negro y leicaj blanco, borscht[7], pan Goldstein
- strudel de manzana, fludn[8] de cerezas, puré de manzana
- En ese entonces no existía la palabra “felliniano”, pero era una mesa feliniana, una caricatura de la abundancia, una explosión de exceso...
- Yo miraba esa mesa, los olores que se mezclaban, los colores, los gustos que imaginaba y no me entraba todo en la cabeza, no de donde veníamos, de esa pobreza, de ese vacío...
- Te fuiste por las ramas. ¿Cómo era eso que dijiste del asado y los cosacos?
- ¡Ya me había olvidado! Resulta que en esos días que estábamos en el puerto viviendo en el barco, pasábamos mucho tiempo mirando, no teníamos nada que hacer. Un día, ví algo que me asustó, no te imaginás cuánto. Abajo, en la calle que estaba al lado del barco, había unos trabajadores del puerto. De pronto, uno de ellos, puso una chapa arriba de carbones con fuego y encima carne cruda, roja, sangrante; sacaron vino, pan y ¡ví cómo se metían esa carne en la boca! ¡No lo podía creer! Llamé a papá: "¡Vení, vení a ver dónde vamos a vivir, vení!" Y nos quedamos mirando, con la boca abierta ese espectáculo nunca visto antes. A papá le dio risa: "Como los cosacos", se burló de mí, "salvajes como los cosacos".
- No entiendo, ¿qué tienen que ver los cosacos?
- En Polonia decían, que ponían carne cruda entre la montura y el caballo y, que después de una larga cabalgata, la carne llegaba cocida. Nos parecía asqueroso, primitivo, brutal.... ¿Quién iba a decir que, poco tiempo después, iba a ser nuestra comida preferida? Los chorizos, el vacío, una buena tira... No había mejor comida para papá. Siempre que la comíamos, me guiñaba un ojo y murmuraba "los cosacos" antes de pasar el pan por el plato para no perder nada del jugo, que antes llamábamos sangre.
- Es que supongo que no tenían la costumbre de comer tanta carne.
- Costumbre podías tener, lo que no tenías era carne, o plata para comprarla. Imaginate, en mi casa, cuando era chica, un pollo servía para siete comidas, duraba toda la semana: un día con los menudos, otro con la grasa se hacía chicharrones, otro se rellenaba el helzale, otro con las pulques, otro con la carne blanca, otro con las alitas y los dedos y el iouj; también se usaba para hacer más rico el holedetz[9]. Todo con un único pollo. ¿De qué carne me hablás? ¿Quién comía carne? El pollo era lo más barato y se decía que cuando un judío come pollo es porque alguno de los dos está enfermo, o el judío o el pollo. Tanta era la pobreza. Acá no podíamos creer lo que veíamos. Engordé veinte kilos en el primer año, ¿sabés comiendo qué?: pan, pan blanco, crocante y con manteca; no necesitaba ninguna otra comida, no podía parar de comer.
- ¿Todos los grine fueron iguales?
- Mayormente... Imaginate, ninguno de nosotros pensaba salir vivo de esa guerra. Todos dejamos allá tanto, pasamos tanto, esto era un regalo, como si alguien te toca con la varita mágica. No lo podíamos creer. Sí, con todos fue igual. Esa libertad, que cada uno podía ir adonde quería, cuando quería, no tengo palabras para que comprendas. Queríamos tragarnos la vida, de una vez, toda junta, sin respirar. A veces pienso que teníamos miedo de que se termine. ¿Qué pensás? ¿que éramos los viejos que ves hoy? ¡No! Éramos jóvenes, veinte, treinta años como mucho, solos y perdidos en el mundo pero libres, cada minuto, cada vez que respirábamos era una fiesta. Rápidamente tuvimos todos trabajo, ganábamos plata, no mucha, pero ¿quién necesitaba mucha?, íbamos a cafés, a teatros, a cines, fumábamos, hablábamos fuerte... nos sentíamos con derecho a todo. Alguna gente nos miraba mal, no estaban acostumbrados a que las mujeres fumáramos en público, nos criticaban, nos acusaban de curves[10]. En el teatro idish, nos hacían el vacío. No nos importaba, es más, los despreciábamos, "¿Qué saben?", decíamos, "¿pasaron todo ese tiempo con el tujes[11] cerca de una estufa, criaron a sus hijos, tienen fotos con sus padres? ¿qué derecho tienen a criticar?", nos sentíamos superiores de alguna manera. Hoy pienso distinto. En aquel entonces no comprendíamos, tampoco nosotros, lo que significaba hablar en polaco, no nos dábamos cuenta que tal vez podía sonar muy agresivo. Nosotros hablábamos entre nosotros en polaco, el idish era el idioma que se hablaba en la casa, entre los amigos se usaba el polaco, acá no era así, acá todos hablaban idish. Recién ahora comprendo la razón que tenían para criticarnos aunque me parece injusta: usábamos la lengua de nuestros asesinos, del pueblo que fue cómplice de los alemanes; en Holanda no hubiesen podido hacer lo mismo, los holandeses o los suecos no los habrían dejado; los polacos sí, es el pueblo más antisemita del mundo y nosotros usábamos su lengua...! Me da rabia conmigo misma. ¡Fuimos tan estúpidos! Pero igual no tenían ningún derecho a juzgar o a criticar. Pará acá en el banco que tengo que pagar el gas.
Sí, el gas. Ya sé mamá que preferís no hablar. Había tanto que no sabían cuando llegaron a la Argentina, tanto que soñaron, tanto que esperaban. Los judíos que encontraron acá no los trataron bien, los miraban con desconfianza, con sospecha, algunos con rabia y rencor, otros esperando escuchar historias heroicas y trascendentes... nadie les hizo la pregunta que todos se hacían y no se atrevían a expresar de por qué se salvaron, pero se veía en las miradas, se adivinaba en las evitaciones y los silencios, dolía en el vacío que hacían.
Mejor quedarse entre ustedes, entre los que habían pasado lo mismo, entre los que sabían lo que nadie quería saber. Son muchos los relatos que escuchaba en aquellos primeros años: siempre aparecía alguien nuevo, alguien que no había contado y volvía a escuchar los “cómo pasaste”, “dónde estabas cuando la liberación” y decían “liberación” sin sonrisas ni alegría, lo decían con dolor, con amargura. Era otra de las cosas que me costaba entender: ¿cómo era posible que no hablaran felices de la liberación? Me acordaba del himno y del grito “¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!” y lo de las rotas cadenas y no tenía relación con la densidad de sus expresiones, con el peso de sus voces. Seguían llevando cadenas. Eran libres pero caminaban con cadenas. Todavía no entendía nada. Ahora estoy empezando a entender. Recién ahora.
[1] Hizigue chveques (idish): propiamente “clavos nativos”, forma despectiva en que se denominaba a los locales.
[2]Iom Kipur (hebreo): día del perdón, día de ayuno.
[3] Gefilte fisch (idish): pescado relleno. Jrein: rábano picante. El rojo tiene remolacha.
[4] Capusta (polaco): chucrut
[5] Macarundlaj (idish): masitas dulcesde nuez o almendras que parecen hechas de fideos, de ahí el nombre. Kíguel (idish): budín. Se hacían budines dulces tanto con fideos como con arroz.
[6] Pastróm, cracovia, wurscht: distintos fiambres
[7] Leicaj (idish): bizcochuelo de miel. Borscht (idish): sopa a base de remolacha
[8] Fludn (idish): arrollado
[9] Hélzale (idish): cogote de pollo; pulkes(idish): pata de pollo; iouj(idish): caldo de pollo , holedetz (idish): gelatina salada
[10] Curves (idish): putas
[11] Tujes (idish): culo