Argentina, 1992 - Polonia, 1942-44
- ¿Cómo era la vida en el escondite, mamá?
- Llevábamos las cuentas más increíbles. En ese lugar se podían hacer pocas cosas. Papá jugaba durante horas con Vladek. Le proponía cuentas, cuentas cada vez más difíciles. Había empezado por sumas y restas simples. Era chiquito. Él le enseñó con unos palitos que juntaba en pilas y separaba y armaba otras pilas a medida que le iba explicando.
- ¿Qué edad tenía?
- Y... tendría unos cuatro, tal vez cinco años...Comprendía con rapidez. "Dos más dos más cuatro menos tres más cinco menos dos menos uno más tres..." y Vladek quedaba suspendido mirándole sus labios mientras pensaba, cerraba los ojos, tomaba aire y decía "once". Nunca se equivocaba. Pero papá no se quedaba contento. Poco a poco las cosas se iban complicando: "cuatro menos uno menos uno más ocho más cinco menos siete más tres menos dos más uno más cinco...." La misma escena: una duda que duraba un segundo y se oía la voz de Vladek: "quince". Las cuentas se iban haciendo larguísimas: "tres más cuatro más dos más uno menos seis más ocho más siete menos tres más nueve menos cinco más dos menos siete menos uno más tres mas dos menos diez....", "nueve", respondía con los ojos brillantes y las mejillas pálidas arrebatadas por el esfuerzo. Y papá reía. Lo abrazaba y se reía. Eran momentos de felicidad. Balusia y yo los mirábamos y los envidiábamos. Eran una isla. Los hombres saben jugar; aunque sean grandes, siempre pueden jugar. Las mujeres me parece que no, somos más serias. O más aburridas creo. Siempre atadas a los trapos de la cocina, a lo que pasa. Un día ví lágrimas en los ojos de Balusia. Nunca le pregunté. Yo pensé que pensaba lo mismo que yo, que nos podían matar si nos descubrían y mientras afuera no iba quedando nadie, allí estábamos mirando jugar a dos chicos que parecían haber olvidado dónde estaban y por qué. Me dije: los hombres no tienen que pensar todo el tiempo en lo mismo, pueden distraerse. Cuando veo en las películas las rayitas que dibujan los presos en las paredes, me acuerdo de las rayitas que hacíamos nosotros. Las empezamos a hacer como a los dos meses de estar escondidos. Al principio no creíamos que íbamos a estar tanto tiempo. Una noche, al bajar, le preguntamos a Tina la fecha; dijo: "7 de noviembre". "¿La señora recuerda la fecha en la que vinimos a escondernos?", preguntó Balusia. "Sí! ¿Cómo no me voy a acordar? Era justo dos días antes del cumpleaños de Ruya.... si gracias a ustedes compramos fruta para ese día, fue la fiesta más grande que tuvimos en esta casa. Ella nació el 14 de septiembre, entonces ustedes vinieron el 12". A la mañana siguiente, con un pedazo de carbón que habíamos subido, empezamos nuestras anotaciones y con ellas las clases de matemática para Vladek, que después fueron clases de distintas cosas, tales como nociones de las estaciones, de la rotación y traslación de la Tierra, del Sol y la Luna, de las aves del verano y su migración hacia el sur en invierno... de todo ese mundo que sucedía allá afuera y que traíamos como podíamos, para tener de qué hablar, para pasar el tiempo... Llamá a la enfermera, tengo ganas de ir al baño. Ojalá que esté esa gordita, siempre entra con una sonrisa... con ella no me da vergüenza. Cómo son las cosas, ¿no? ¿Y qué me decís de este médico? Dijo que va a venir a la mañana y ya son las once y media, ¿qué es "la mañana" para él? ¿La una? ¿Las dos? Claro, si uno les pregunta siempre tuvieron algo muy importante que hacer, "alguna urgencia" , total, uno qué sabe, ¿vas a ir a controlar? no les importa nada que uno está esperando su palabra como si fuera de un Dios. Toda la noche no dormí pensando en lo que va a decir. ¿Qué tengo? ¿Por qué tanto dolor? ni respirar puedo a veces...
- Dijeron que el dolor es porque tenés algunas costillas quebradas.
- Dicen, dicen... total a ellos no les duele. ¿Qué saben qué es el dolor? Ni hijos tuvieron. Nada saben. Nada. Y vienen con esas caras de importantes, como prima donnas en el medio del escenario.
- (Entra la enfermera) ¿Qué desea señora?
- ¿La gordita no está?
- No, tuvo que salir porque la llamaron de la casa, parece que un hijo se cayó de la bicicleta, no sé... ¿Quiere orinar?
- Sí.
- A ver, déjeme que le acomode la chata.
- ¡Despacito! ¡Despacito! ¡Me duele! ¡Cuidado!... Ya está.
- Estas cosas son muy dolorosas, mi mamá también estuvo así.
- ¿Y se le pasó?
- Sí, pero le duró un tiempito, se ve que hasta que cicatrice o suelden los huesos, después ya no le dolió más.
- ¿Hace mucho?
- Hace unos dos años...
- ¿Camina bien? ¿Se mueve? ¿Hace todo?
- Sí, igual que antes, sólo que ahora se cuida mucho de caerse y de hacer fuerza.
- A mí el médico me dijo que tengo los huesos como papelitos, que se rompen de nada.
- Así es la osteoporosis, a todos nos va a pasar lo mismo.
- Hay que llegar a viejo para eso.
- Claro, por supuesto. Hasta luego señora, llámeme cualquier cosa (salien–do de la habitación).
- Gracias.
- ¿Te molesta si te pregunto más?
- ¿Por qué querés saber todo esto?
- No sé mamá, nunca me animé a preguntarte tanto, pero necesito saber, no sé por qué, pero lo necesito como el agua... ¿te molesta?
- Ahora lo que me molesta es este dolor... tal vez si te cuento se me va.
- ¿De quién era la casa donde estaban escondidos?
- Janek Milkowiecz era un carpintero del taller de papá; no tenía donde vivir ni forma de alimentar a su mujer y a sus hijos; vino a vernos a la despensa de la Iglesia donde el cura nos había escondido y a llorar su miseria, que no tenía trabajo, que la ración que le daban no alcanzaba siquiera para una persona, que el frío lo tenía enfermo y no tenía para comprar leña ni carbón, nos mostró las piernas hinchadas, con pústulas y los dedos con sabañones, enrojecidos, dolori–dos.... Papá había ahorrado algo y tenía unas monedas de oro. Le dijo: "Yo sé dónde podés vivir y cómo". "Dígame, patrón, dígame por favor". "Pero va a ser muy peligroso, si te descubren, te pueden matar, ya sabés cómo son los alemanes". "Yo ya estoy muerto, nada peor me puede pasar". "Sí, siempre puede pasar algo peor: pueden matar a tu mujer, también a tus hijos...". "Pero patrón, no tenemos esperanzas. Mis hijos no se curan de esa tos que tienen todo el tiempo, no tengo para vestirlos, estamos siempre con hambre.... la muerte sería una liberación. Dígame, ¿qué podemos hacer?". Entonces le dijo. Papá sabía que el barrio judío estaba vacío, judenrein[1], como decían los nazis, ya no quedaba nadie viviendo allí, las casas estaban vacías y ésa era la oportunidad de ocuparlas. “Vaya al barrio judío y busque alguna casa que le guste, trate de que no tenga muchas casas cerca, con un jardín o un patio al lado, y que tenga un desván o altillo o un sótano. Hable con el Padre Piotr y él va a arreglar que la casa sea suya. Una vez que la tenga, iremos a vivir con usted, nos esconderemos allí, usted nos dará de comer y nosotros nos ocuparemos de que no le falte dinero". El Sr Milkowiecz miró a Romek y dijo: “el nene no puede venir, nos va a denunciar, lo tienen que dejar” “¿Dejar? ¿Adonde? ¿Con quién?” pregunté como loca, “¿de qué habla?”. “Es la única manera” dijo. Y nos quedamos papá y yo mudos, perdidos, mientras Romek jugaba a nuestros pies ajeno a su destino.
- ¡Ay mamá! ¡Qué horror! ¡Es insoportable!
- Sí, así es: in so por ta ble. Todavía hoy...
- ..................
- A la noche volvió el Sr Janek y dijo que su cuñada, la hermana de la mujer, podría llevarse a Romek a Tarnopol, criarlo como propio, que allí estaría seguro, que lo único que pedía era un poco de dinero para poder comprar leña en el invierno. Y eso hicimos. Sólo teníamos esa noche con nuestro hijito, sólo esa noche. Pensábamos que tal vez, si un milagro nos ayudaba, tal vez nos encontra–ríamos otra vez. Papá y yo estábamos convencidos de que no saldríamos vivos, sólo había esa oportunidad para Romek, todo para él, para él todo. Lo único que teníamos miedo era por la circuncisión. Pasamos toda la noche enseñándole que no tenía que bajarse los pantalones adelante de nadie, nunca, y a la mañana el Sr Janek se lo llevó. No me acuerdo del olor de su piel, no me acuerdo. A veces me vuelve el recuerdo de su vocecita que quería cantar la canción del rey, el paje y la princesa... a veces me vuelve el recuerdo de su voz.... ¿Me das un poco de agua?
- ¿Te hace mal todo esto mamá?
- Más mal que me hace haberlo vivido no puede hacerme. No sé por qué te interesa. Yo nunca te quería contar, no quería que supieras lo que habíamos sufrido. ¿Para qué? Me decía, mejor que no sepas, que vivas como todo el mundo, que seas normal y no que te andes torturando con esos recuerdos....
- Es raro mamá, pero es al revés. ¡Tantas cosas no entendía de ustedes! No éramos como la gente normal, no éramos como todo el mundo, no teníamos primos ni tíos ni abuelos ni historias en el barrio, todo era nuevo para nosotros, siempre estábamos de visita, ni con los judíos de acá.... Los mirábamos raro, ¿te acordás? Tomaban mate, comían dulce de batata y de membrillo, las mujeres te miraban raro porque fumabas, eran anticuados, chapados a la antigua, no se parecían a nosotros. Y ahora, con lo que me contás, tantas cosas se vuelven transparentes, tantas cosas que no sabía. ¿Te puedo seguir preguntando?
- Sí, todo lo que quieras...
- ¿Así que fue en el barrio judío que estuvieron escondidos? El altillo, ése de que hablaron siempre, ¿estaba en el barrio judío? Parece una burla...
- No sólo eso. Sí, era en el barrio judío, el lugar más seguro de la ciudad para esconderse, ahí ya no iban a volver. Janek encontró una casa muy buena, en una cuadra que tenía todos edificios iguales, de esos de dos pisos.
- Pero... ¿cuándo se mudaron ahí? ¿Cómo hicieron? ¿Cómo consiguieron que no los descubrieran?
- De noche, despacito, con cuidado... La casa tenía una sala en la planta baja, con la cocina y arriba dos habitaciones con un baño. El pasillo tenía un techo falso por donde se subía a un desván; en ese desván se sacaban unos ladrillos, justos los que permitían el paso de una persona acostada, y se pasaba al desván de la casa de al lado que estaba vacía. Ése era nuestro escondite. Si alguien subía a la casa de los Milkowiecz no encontraba nada arriba, no había nadie. Cuando entramos la primera vez no te imaginás todo lo que encontramos: platería, vajilla de porcelana, toallas, sábanas, manteles del hilo más fino que te podés imaginar, bordados, adornos de cristal, copas, un samovar de plata, ya ni me acuerdo, ¡tantas cosas! todo lo que una familia rica podía tener de valioso y que no quería perder... Vaya a saber qué habrá sido de la vida de ellos, en qué campo habrán muerto, qué cosas habrán pasado... Sus cosas estaban bien.
- ¿Qué hicieron con todo?
- Se lo llevaron los Milkowiecz A nosotros no nos servía para nada, no era épocas de lujos. Además teníamos que sacar todo de allí para poner los cuatro colchones. Era lo único que entraba. Los cuatro colchones y una lata que había preparado papá para hacer nuestras necesidades. Sabés lo habilidoso que era: vieras qué linda tapa hizo, ajustaba perfecto, nunca teníamos ningún olor.
- ¿Cómo hacían con las necesidades? ¿Hacían delante de los demás?
- ¿Y qué otro remedio teníamos? No te imaginás como uno pierde la vergüenza cuando se juega la vida a cada minuto. No se puede entender si nunca estuviste en la situación, no tengo palabras para explicarte. No, no teníamos vergüenza. Todos hacíamos pis y caca, una vez uno, otra vez otro... era igual que respirar. Pero no habría sido lindo sentir olores y papá se ocupó. Todas las noches, subía alguien, Tina o Janek, y se llevaban la lata, la limpiaban y la traían de nuevo.
- ¿Ustedes no bajaban?
- Sí, una vez por semana, los domingos.
- ¿Estaban todo el tiempo sin moverse?
- Casi, porque el desván no tenía altura para que pudiéramos estar parados, cuando nos sentábamos casi tocábamos el techo con la cabeza... lo más cómodo era estar recostado o acostados.
- Me imagino lo lindo que era estirar las piernas los domingos...
- Ojalá no te lo necesites imaginar nunca. Acá acostada en la cama, vuelvo a pensar como en esos días, que nunca más voy a caminar, que esta posición va a ser la que voy a tener hasta mi muerte, que ya nunca más me voy a poder levantar. ¿Si los domingos eran lindos? Lindos era poco decir, una fiesta, ganar la lotería... no sé, ser miss universo, así era. Janek o Tina salía con los chicos, siempre uno de ellos se quedaba por las dudas, por si venía alguien...
- ¿Pasó eso alguna vez?
- ¡Claro que pasó!
- ¿Cómo fue? ¿Los escucharon? ¿Tuvieron tiempo de subir al desván de nuevo?
- ¡No ! ¡No había tiempo! Pero papá había pensado en todo. Entre la sala y la puerta de la cocina había un placarcito, una despensa y papá acondicionó todo con una falsa pared para poder entrar en caso de urgencia; era un lugarcito en el que apenas cabíamos los cuatro parados, apretados uno contra el otro, nos ponían delante la falsa pared con un perchero y se cerraba la puerta. Ese domingo estábamos disfrutando de la libertad, Vladek corría de una pared a otra de la salita como si fuera el bosque de Palermo y se escuchó que golpeaban a la puerta. Se había quedado Janek que gritó: "¡Ya voy! ¡Un minuto por favor!" mientras nos escondíamos lo más rápido que podíamos. Yo siempre me burlaba de papá, que nos cuidaba demasiado, que era un exagerado, que siempre esperaba lo peor.... Creo que ese día aprendí para siempre: nunca más me burlé, después de eso fui peor que él, ningún cuidado me parecía poco. Me parece que hasta ese momento me sentía intocable, nada me podía pasar. Ahí todo cambió. Me desperté. Yo siempre fui un poco inconciente. Recién entonces dudé de mi ángel de la guarda, ése que mi mamá me había prometido que siempre me cuidaría. Recién entonces decidí de verdad que todo dependía de nosotros.
- Por supuesto no los descubrieron.
- ¿Ese domingo?
- Sí.
- No, no nos descubrieron. Lo más difícil fue contener la respiración de Vladek, estaba muy agitado porque había estado corriendo...
- ¿No tenía miedo ahí en la oscuridad? ¿Se escuchaba lo que hablaban en la sala?
- Todo se escuchaba. Era un primo de Janek que pasaba por el pueblo y se había enterado de su nueva dirección. Lo felicitaba por la suerte que había tenido de tener una casa tan confortable y me parece que trababa de ver si podía venir con su familia, si había lugar para él. ¿Si teníamos miedo?... Yo creía que era la muerte segura, que de esta no pasábamos. Sólo pensé en qué suerte que Romek estaba a salvo, su cara la última vez que lo ví, me daba fuerzas. Y por fin el primo se fue, desalentado porque Janek le inventó todo tipo de dificultades... No te olvides que para Janek y para su familia era terrible si descubrían que nos escon–día. Pero no sé cómo llegamos acá. Te contaba cómo nos divertíamos con las anotaciones. Era casi nuestra única diversión.
- ¿Marcaron en la pared los días, como en las películas?
- Eso queríamos hacer. Nadie pensaba que íbamos a estar dos años así. No nos alcanzó el lugar para marcar los días. Lo peor, es que, a diferencia de los presos en las películas, no sabíamos cuándo íbamos a salir, cuánta pared necesita–ríamos para tachar día por día. Ni siquiera sabíamos si saldríamos alguna vez. Pero anotábamos. Gracias a Dios que estaba Vladek con nosotros. Un chico hace que uno haga y diga cosas que a la larga también le hacen bien a uno. Cuando uno está sólo entre grandes uno se cuida menos, se pone más serio, dice y hace cosas importantes. La presencia de un chico es una gran ayuda. Los chicos hacen que uno se proteja más... Es raro lo que digo, pero me parece que es así: a un chico uno lo tiene que cuidar, y al hacerlo, uno se cuida a uno mismo. No sé, pero eso es lo que nos pasaba a nosotros. Lo cierto es que había cosas que no decíamos porque estaba Vladek. Al no decirlas tampoco las teníamos que oír. No era como que no pasaran. Era que no las teníamos que oír. A veces hay cosas que no se puede aguantar oír: "Su hijo va a morir". "Su hijo es mogólico". "No va a ver más a su hijo". Ésas son cosas que no se pueden oír. Uno gritaría, le pegaría al que habla, le taparía la boca, se volvería sordo si pudiera.... Hay cosas que no se pueden oír. Vladek nos ayudaba, porque no decíamos esas cosas que no se pueden oír. Tratábamos de entretenerlo, de evitar que llorara, de mantenerlo ocupado y de esa manera, nos entreteníamos nosotros, evitábamos llorar nosotros, nos mante–níamos ocupados nosotros. Fue una suerte que estuviera Vladek.
Decía que inventábamos juegos y entretenimientos. Papá tenía su cuaderno donde reconstruía afanosamente las canciones que solía cantar. Pobre. Nunca se acordaba de las letras completas. Entre todos tratábamos de irlas recordando, hurgando, cavando con mucho trabajo en nuestra memoria.... Pasó más de una vez que alguno de nosotros despertara en medio de la noche con el recuerdo de las palabras del segundo párrafo de alguna canción. Enseguida él las escribía en un papelito para estar seguro de que no se le fueran a escapar y al día siguiente las retomaba y volvía a armar toda la estrofa.
Dependíamos de estas cosas, de recuerdos, de anotaciones, de tonterías, pequeños detalles.
Yo llevaba la cuenta de mi menstruación. Balusia no porque se le había retirado. Después supe que eso pasó con la mayoría de las mujeres. No sé a mí qué me pasó. Yo tampoco quería traer más hijos a este mundo de porquería. No en ese momento. No en ese lugar. Pero mes a mes, el período aparecía como un reloj, como si la guerra de afuera no estuviera, como si la vida siguiera normal–mente. Éramos tan jóvenes.
- Y... ¿cómo...?
- Todo se puede. Habíamos tendido con una tela una especie de separación entre nosotros dos y Balusia y Vladek. Tuvimos la enorme suerte de estar juntos, de dormir abrazados, de poder besarnos, de tener ganas de hacer el amor. Y lo hacíamos. No sé si está bien que una madre le cuente eso a su hija, pero ya sos grande, podés entender.
- ¿No tenían miedo de un embarazo?
- Sí, claro.
- ¿Y cómo se cuidaban?
- Preservativos no había... bueno, uno se arregla, hay otras maneras. Pero, alguna vez no habrá sido así, porque me quedé embarazada. A la primer falta, no hice demasiado caso. Sabía que esas cosas pasaban y no quería decir nada. Pensé que se me había retirado como a Balusia. Se los dije al final, pero no nos preocu–pamos. Cuando me empezaron a doler los pechos, sí me asusté. A la segunda falta, ya tenía la boca seca y empecé con algunos ascos. Al volver al desván, luego de nuestro paseo de domingo por la planta baja, me dieron arcadas el olor a encierro, a humedad, a transpiración; tuve que volver a bajar para vomitar. Ya no teníamos dudas. Estaba embarazada. 1943. Polonia ocupada por los nazis, muerte, humilla–ción, traslados, trenes. Escondidos en ese desvancito de mala muerte y yo embara–zada. ¡Que injusticia! "Dios de verdad no existe" pensé en ese momento, "no me puede hacer esto".
- ¿Qué hiciste?
- No había mucho para pensar. Había que hacer un aborto. Le pedí a Tina que fuera a la calle Kolejowa, al edificio donde estaban todos los médicos, tal vez aún estaban, tal vez los habían dejado vivir porque los necesitaban. Fue y, efecti–vamente, encontró todavía a algunos. Aunque eran judíos, no podían permitirse llevarlos porque eran los únicos que había. Mi doctora, Fryda Goldfarb, todavía atendía en su consultorio del segundo piso. La vio, le contó acerca de mi situación y combinaron el día y la hora en que iríamos a hacer el raspaje. Era febrero, como ahora, sólo que en Polonia es invierno, la nieve cubría todavía las calles. Salimos ese jueves a las siete de la mañana. Tina me había disfrazado con una pollera ancha de colores y un pañuelo en la cabeza. Parecía una campesina ucraniana. Teníamos terror de que alguien me reconociera, aunque ya no quedaban judíos; y si queda–ban, no caminaban por las calles. Por suerte pasamos desapercibidas. Hacía mucho frío. No había nadie en las calles. Fue la única vez que me sentí protegida durante la ocupación alemana. Era como si todos supieran, los polacos, los alemanes, los judíos que quedaban, que no tenían que salir, que no me tenían que ver, que nada ni nadie iría a detenerme en lo que tenía que hacer. Me acordé de un cuento que había leído en la escuela, sobre una mujer que iba a caballo desnuda, era como un castigo me parece, algo que tenía que ver con la humillación o la vergüenza, y tenía un pelo muy largo y con él se cubría, y la gente del pueblo cerró sus ventanas para no avergonzarla. Caminando por las desiertas calles de Strij, sentí lo mismo, un ángel protector que me cubría de todo mal y me llevaba de la mano. Subimos los dos pisos apoyando apenas las puntitas de los dedos de los pies para evitar el ruido. Una vez ante la puerta, Tina me tomó de la mano, me miró fijamente en una muda pregunta; asentí y golpeó la puerta. No podía reconocer a la doctora Goldfarb en esa mujer que nos abrió la puerta: lo único que quedaba de la que había sido era el delantal blanco con su nombre bordado en letras góticas sobre el bolsillo superior. Fryda Goldfarb. No me atreví a preguntar por su mamá. El silencio del departamento, la oscuridad, la falta de flores, las puertas cerradas, decían más que lo que estaba dispuesta a saber en ese momento. No pregunté por su marido, no pregunté por sus hijos. No pregunté. Mi papá solía decirme que uno no debe preguntar las preguntas cuyas respuestas no está preparado para escuchar. La doctora Goldfarb se veía pálida, extremadamente delgada, mucho más vieja. Tampoco me preguntó nada. Especialmente, no me preguntó nada acerca de Romek.” ¿Desayunaste?" dijo llevándome hacia el consultorio. "No. No tomé nada. Tina me dijo que era mejor así". Me acosté en la camilla y me saqué la bombacha. "No tengo anestesia" dijo sin mirarme mientras me alcanzó una sábana para que me cubriera."¿Duele mucho?", pregunté. "Sí" dijo, "¿vas a poder aguan–tar? mirá que no podés gritar...". Y me ataba las piernas a las perneras de los costados. "No sé cómo voy a hacer pero voy a aguantar, no se preocupe". No sé si se le llenaron los ojos de lágrimas, pero me dijo "te voy a dar esta toalla para que te la pongas en la boca, la tenés que morder fuerte en el momento del dolor, el grito no se va a escuchar, no te preocupes, además, voy a poner la radio". Tina miraba todo con ojos desorbitados: nuestros gestos, la claridad que iba entrando por la ventana, el ruido del instrumental, nuestra conversación despojada de dramatismo... Cuando me acuerdo de la mirada de Tina, me doy cuenta de lo que estaba pasando. En ese momento no. No me daba cuenta de nada. Había que hacerlo y listo."Te voy a dar un vaso de vodka, eso siempre se consigue". Sirvió la bebida y me la alcanzó: "Tomátelo de un trago, aunque te queme". Obedecí. Me recosté nuevamente mientras se ponía los guantes. Casi no sentí cuando me puso el espéculo."Voy a empezar. Son sólo unos minutos. Tenés que quedarte lo más quieta posible, no quiero perforarte nada. Pensá en algo que te haga pensar en otra cosa". Recordé los juegos con Vladek. Había uno que era muy difícil, que hasta a mí me costaba mucho trabajo que era contar de cien para abajo de siete en siete
cien, noventa y tres, ochenta y seis, setenta y nueve,
setenta y dos, sesenta y cinco, cincuenta y ocho,
cincuenta y uno, cuarenta y cuatro, treinta y siete,
treinta, veintitrés, dieciséis, nueve, dos.
No había terminado. La toalla que tenía en mi boca estaba empapada. Me dolían los dientes de tanto apretar. Los puños. Los dientes y los puños. Era eso lo que me dolía. Tenía que volver a empezar.
cien, no es una nena ni un varón, no es una persona,
noventa y tres, no va a ser judío no va a ser perseguido,
ochenta y seis, no le van a bajar los pantalones,
setenta y nueve, no se va a tener que esconder,
setenta y dos, no va a tener que mentir,
sesenta y cinco, no va a tener que sentir vergüenza,
cincuenta y ocho, no va a pasar hambre,
cincuenta y uno, no va a tener que callar,
cuarenta y cuatro, no va a pasar frío,
treinta y siete, no va a ser abandonado,
treinta, no va ser huérfano,
veintitrés, no va a ser torturado,
dieciséis, no va a estar enfermo,
nueve, no me va a tener que perdonar por no poder cuidarlo,
dos, no voy a perderlo,
"Ya está", oí la voz de la doctora Goldfarb desde otro mundo. Estaba atontada. Le pedí agua. Tomé de un trago dos vasos seguidos. Me desaté de la camilla y quise ponerme de pie pero las piernas se me doblaron y caí en el suelo. La doctora corrió a levantarme. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Nos abrazamos, sentadas sobre el piso de baldosas del consultorio. Eran baldosas blancas y negras, mirá las cosas en las que uno se fija. Al ver sus lágrimas, sentí mi dolor. Y lloré. En sus brazos, que me pedían perdón, que me querían, comprendían, sufrían y se sentían tan desolados como yo.
Tina me puso el abrigo y salimos. La calle seguía solitaria. Era todavía muy temprano. Yo ya no prestaba atención a nada, no me importaba si alguien me reconocía, no podía pensar. Era el efecto de la vodka que no me dejaba aclarar las ideas. A la vuelta del edificio de la doctora Goldfarb, estaba el cine Palais. Al costado de la puerta había un gran afiche con la foto de Greta Garbo: estaban dando "La dama de las camelias". Tina dijo: "El sábado voy a venir a verla." El cine seguía existiendo. Había gente que seguía viviendo una vida normal. Había mujeres que quedaban embarazadas y tenían a sus hijos. Yo había perdido mi segundo hijo. Lo único que quería era entrar en el desván, abrazar a papá y dormir.
[1] Judenrein (alemán): limpio de judíos.