Polonia, 1925.
Eran los ojos azules más altos que había visto en su vida. La nariz recta, neta y afilada señoreaba sobre su sonrisa, larga como su talle, soberbia como su prestancia. El saco azul, entallado, elegante; los botones dorados y relucientes así como el escudo familiar bordado sobre el bolsillo superior; la chalina de seda natural; los breeches que se estrechaban en las pantorrillas y las botas de cuero, lustrosas y altaneras que remataban en unas espuelas brillantes, botas que no habían necesitado pisar el barro para llegar hasta allí; el sombrero apoyado sobre el escritorio, pero sobre todo la fusta que llevaba debajo del brazo y el rosario con el que jugueteaba abstraído haciendo oír las cuentas que pasaban entre sus dedos y su mirada sobre ella. Su mirada.
- ¡Sí! No hay ninguna duda: es ella.
Nunca las cuadras entre la escuela y su casa le habían parecido tantas y tan largas. Se le explotaba el corazón con lo que tenía que contarle a su papá. “Debo ir más despacito, frenar mi corazón y mis pasos” se dijo mamá cuando llegó a la puerta.
Habían pasado tres años de la muerte de su madre. Era la más chica de seis hermanos, la más mimada, decían que la más linda. No debe haber sido fácil para el abuelo la tarea de criar, educar–, y hacer una mujer de esa niña de doce años en la Galitzia polaca de 1925. Pobre abuelo. Lo único que había tenido en la cabeza hasta ese momento, era su Talmud, sus alumnos y los consejos que debía dar a quienes se lo solicitaran. Nunca trabajó en lo que sería un trabajo tradicio–nal: era un estudioso, un «leído», un hombre sabio.
El abuelo estaba casi siempre en casa. A veces solo, estudiando, otras con sus alumnos. Dominaba desde su mesa de trabajo lo que sucedía alrededor. Gracias a él la vida en la casa era muy divertida. Podía venir gente a cualquier hora a plantearle los problemas más variados con la esperanza de que él los pudiera ayudar. Esposas y maridos, suegras y nueras, patrones y empleados, hermanos, primos y tíos, sufriendo, reclamando por peleas, heridas, vergüenzas, pecados, conflictos de amor y de dinero, decisiones, rencores, dudas. Era un hombre sencillo, pero en esos momentos se volvía un rey. Los recibía ceremoniosa–mente. No los dejaba hablar cuando entraban. Silencia–ba sus palabras con gestos y, gentilmente, los hacía tomar asiento.
- Soniusia -le decía - servíles un vaso de té a estas personas - Luego, mirando a cada uno con respeto, agregaba:
- Sepan tenerme un poco de paciencia. Necesito tiempo para olvidarme de lo que estaba pensando hace un instante. Tomemos el té en paz y esperemos que Él nos haga el milagro de visitarnos y me de la sabiduría necesaria para poderlos ayudar. - Dicho lo cual, se acomodaba en la silla como si fuera el más cómodo de los sofás y parecía concentrar toda su atención en los pequeños sorbos con los que tomaba el té. Las personas, tensas, incóm–odas, se sentaban primero sólo en las puntas de las sillas, sus cuerpos duros, envarados; pero a medida que la ceremonia del té transcurría, en el silencio de la habitación humilde y despojada, las manos se descontraían, las espaldas buscaban respaldos donde apoyarse, los hombros se redondeaban y se iban suavizando las arrugas de los entrece–jos.
El silencio es un arma sorprendente. El abuelo lo sabía usar muy bien. Tras su barba negra, sus ojos dulces y penetrantes, su figura enclenque e insig–nificante y oscura, se escondía un zorro tramposo y hábil, un agudo observador de la naturaleza humana. Mamá siempre nos cuenta la anécdota de aquella madre que lo vino a ver preocupada porque su hija adolescente había sido vista en la esquina rodeada de muchachos.
- ¿Con cuántos muchachos? - preguntó el abuelo.
- Y... - respondió - unos tres, cuatro o cinco...
- ¿No era uno solo?
- No.
- Entonces no hay de qué preocuparse mi querida señora - con una palmadita paternalista en su espalda - empiece a hacerse problemas cuando le digan que la vieron con uno solo.
Tenía la habilidad de ver las cosas de otra manera. Hasta que no se sentía dueño de la situación seguía con el té, tomándolo a sorbos, tomándose todo el tiempo que necesitaba. Finalmente decidía que el té se había terminado y anunciaba formal–men–te que había llegado el momento de plantear el problema por el que habían venido. Invitaba al miembro más descalificado a exponer la queja y luego la redefinía con sus propias palabras:
- Veamos, Jaim y Duved han decidido separar la sociedad y no se pueden poner de acuerdo acerca de lo que le corresponde a cada uno. Jaim dice que el negocio prosperó gracias a su habilidad en el corte, a su prolijidad en cada una de las puntadas y a su buen gusto con las telas. Duved dice que todo se debe a la confianza que él despierta en la gente que hace que tengan mucha clientela. Cada uno cree que el negocio le corresponde a él. ¿Es así?
Siempre preguntaba si «era así» y hasta que todos no asintieran al menos con la mirada, él no continuaba. Si alguno no mostraba acuerdo, volvía a preguntarle al informante, el ayudante tonto en este caso:
- A ver Motl, ¿qué más me podés decir para compren–der mejor la situación? Envanecido por la importancia que el abuelo le estaba adjudicando, agregaba:
- La esposa de Jaim, Lea, le tiene celos a la esposa de Duved, Sure. Como Sure tuvo hijos varones, Lea cree que Jaim la prefiere. Para mí, ya que me lo pregunta, las esposas no deberían entrar en el negocio, son ellas las que hacen todo el lío, son ellas a las que habría que separar.
El abuelo lo miraba como quien acaba de escuchar una revelación divina. El aliento de los presentes quedaba suspendi–do. Luego de un silencio reflexivo y teatral, fijaba su miraba en un nudo sobresa–liente de la vigueta del techo y, como murmu–rando consigo mismo, decía:
- ¿Qué hacer con estos dos schlemazls[1] que tengo frente a mí? - y cerraba los ojos abstraído, como si rezara.
¡Schlemazls!, ¡les había dicho schlemazls! La afrenta de este tratamiento los enceguecía. No habían venido a ser insulta–dos.
Aunque, por otra parte, él no les estaba hablando a ellos, tan sólo pensaba en voz alta, o quizás se había dirigido a Dios, ¿cómo ofenderse con ese hombre sabio si para eso habían ido?
- ¿Cómo puedo ayudar, Dios mío, a estar dos buenas personas? - con la mirada fija aún en el nudo sobresaliente de la vigueta del techo - Si cualquiera sabe que a la prosperi–dad se llega no sólo con esfuerzo, dedicación, capacidad e inteligencia, sino también con suerte, con mucha suerte. ¿Cuánta gente capaz, inteligente y trabajadora se esfuerza día tras día y no consigue nada porque no reciben tu bendición? Un regalo, un regalo precioso, que no se compra ni se vende, que unos lo tienen y otros no. ¿Y qué derecho tiene alguien como Jaim y Duved, alguien como yo, pobres y humildes personas, insignificantes, menos importantes que un granito de arena en el mar, pregunto, qué derecho tenemos para despreciar un regalo divino? ¿Y tú, sabio Señor, que has decidido no sólo darles suerte sino además juntarlos para que la aprovechen y multipliquen, apruebas su deseo de separación? Es una idea que, francamente, no compren–do, ¿qué pensarías por ejemplo si se quisieran separar el caballo del carro o el botón del ojal? ¡Qué insulto a tu sabiduría! ¡Qué soberbia la del ignorante! ¿Qué haría un carro sin un caballo? ¿Para qué serviría? ¿Y cómo podría uno cerrarse adecuada–mente las ropas, protegerse de la nieve y del viento helado tan sólo con un ojal o únicamen–te con un botón? Y ellos dicen que eso es lo que han decidido, ¡separarse! No lo puedo entender mi Señor, no puedo. Pero sigamos pensando. Y si se separan, ¿qué piensan hacer acaso? ¿dos sastrerías?, porque si no piensan en sastrerías, ¿de qué otra cosa va a trabajar cada uno? ¿Hay alguna otra cosa que sepan hacer? Por otra parte, ¿cuántas sastrerías son necesarias para este pequeño pueblo? ¿Y si, como castigo la suerte deja de acompañarlos en lo que sea que emprendan? ¿De qué vivirán sus hijos, con qué pagarán las dotes para que sus hijas puedan hacer buenos matrimo–nios, y cuándo la enfermedad o la vejez les impida trabajar, con qué se alimenta–rán, con qué pagarán a los médicos y los remedios, de dónde sacarán dinero para un entierro honorable?
Dicho lo cual, suspiraba profundamente, parpadeaba como quién acaba de despertar de un sueño, miraba a cada uno como sorprendido de haber sido pescado «in fraganti» en esa conversación privada con Dios, se excusaba con timidez y salía por unos minutos llevando a mamá con él. Cerraba la puerta y se quedaba escuchando. Si adentro de la sala el silencio continuaba, fruncía el entrecejo y se acariciaba la barba: su discurso no había tenido el efecto esperado, debía pensar en otra cosa. Pero si se oían voces, sonreía y se alejaba unos pasos, púdicamente, para no escuchar. Al volver a entrar un rato después, el clima que hallaba era totalmente diferente. Los socios parecían creer que la idea de la separación era una reverenda estupidez y lo enun–ciaban como si hubiera sido una idea propia. El terreno estaba listo entonces para la búsqueda de soluciones a las desavenencias de la sociedad. A veces, el abuelo aconsejaba que se tomaran unos días para pensar, o si no proponía él una alternativa diferente que siempre dejaba abierta, en forma de proposición. Por ejemplo en esta situación de la sastrería sugirió:
- Si el problema es el carácter de cada uno de ustedes que los hace discutir por cualquier pavada poniendo en peligro la prosperidad alcanzada, o si no pueden controlar a sus metidas esposas, podrían dividir el negocio en dos partes, una especie de ampliación. Levantan una pared en el medio con una puerta, construyen otra puerta a la calle para que cada habitación tenga tránsito propio. Un cuarto sería la recepción, donde estaría Duved, con sillones, un samovar, revistas de modas y ceniceros, el otro cuarto serviría como taller donde estaría Jaim con la mesa de corte y un gran retrato de su esposa, las telas, la máquina de coser, la plancha y los maniquíes. Los clientes harían el trato con Duved, arreglarían con él el precio y la forma de pago, elegirían el modelo y después pasarían al taller donde Jaim les tomaría las medidas, verían la tela, el forro, los botones y harían las pruebas. El ayudante estaría al servicio de los dos conforme cada uno lo necesitara. Se ocuparía de servir el té a Duved y tener siempre vasos limpios y también tendría todo dispuesto para Jaim a quien asistiría en el momento de las pruebas alcanzán–do–le alfileres, tizas y tijeras. Por sobre todo, y esto es lo más impor–tante, las esposas no tendrían que pisar el lugar ni opinar ni decidir nada de lo que es responsabilidad de sus maridos. Piénsenlo. Dios les dio suerte y también inteligencia. Aprove–chen la primera y usen la segunda. No tienen derecho a desperdi–ciar ninguna. Y ya ven que, aunque ésta no sea la mejor solución, soluciones hay. Tal vez ustedes piensen en una aún mejor y, si quieren discutirla conmigo, con mucho gusto los espero.
Se ponía de pie, les tendía la mano y, a veces, alguno le daba algún dinero como retribución por sus servicios. No siempre era así pues no eran frecuentes los litigios entre gente adinerada. Pero siempre le dejaban su agradecimiento y su respeto y difundían su nombre por el barrio como si se tratara de un santo.
Cuando venían alumnos a mamá no le era permitido estar presente. El estudio de las escrituras era sólo para los hombres. A veces se escondía debajo de la mesa y se quedaba quietita. Si el abuelo preguntaba por ejemplo:
-¿Cuántas leyes tiene la Torah? ¿Cuántas son las prohibitivas y qué represen–tan, cuántas las afirmativas y qué representan? - y el alumno no contestaba, golpeaba la mesa con impaciencia, y se oía su pequeña voz que decía:
- Las leyes son 613, hay 365 prohibitivas y representan los días del año y hay 248 afirmativas y representan cada uno de los huesos del cuerpo humano -, y su papá emitía un profundo suspiro, miraba al alumno con cara de "hasta una mujer lo sabe", pero así y todo no le estaba permitido ocupar una silla, sentarse oficialmente a la mesa.
Tres años después de la muerte de su mamá, ahí estaba, corriendo con excitación hacia su casa al volver de la escuela, desesperada para hablar con su papá.
Era el mes de mayo, y junto con el despunte de la primave–ra, se estaba acercando el final de las clases. Para mamá representaba el final de la escuela primaria.
Adoraba escribir, dibujar, inventar letras, contar pequeñas historias. Le gustaba la escuela, lo cual era casi un atrevimiento en esa pequeña ciudad. Una judía como ella, de piel y ojos oscuros, la encarna–ción del demonio, de los bajos instintos, del mal, pretendía estudiar como las otras. ¡Vaya atrevimiento! En las estampitas, las vírgenes, los santos y Jesús, eran blancos, rubios y de ojos claros, como los polacos. Ellos sí tenían derecho. La única negra era la virgen de Cz_stocho–wa, pero era negra, negra africana no morocha como los judíos. Para los judíos, especialmen–te los pobres y muy especialmente las mujeres, la escuela primaria era el límite máximo de sus aspiraciones. Después no había nada.
Bronia, la estúpida hija del carnicero, iría al gimna–sium, a la escuela secunda–ria, su padre se lo podía pagar. Las demás ni lo soñaban. El gimnasium era inalcanza–ble. Nadie tenía el dinero para pagarlo. Por más que mamá lo deseara como al cielo, ni lo mencionaba para no hacer sufrir al abuelo, porque jamás de los jamases podría pagarlo. Una vez terminada la escuela primaria, el camino estaba trazado: debía aprender alguna profesión que el día de mañana rindiera económicamente y trajera algún dinero a la casa. El abuelo había observado su buen gusto, la forma en que arreglaba sola su ropa y convino con la señora Rivka, la modista más fina del barrio, su ingreso al taller de costura ni bien terminara la escuela. A pesar de ello, mamá se descubría en los atardece–res, mirando el cielo a través de la ventana, viéndose en el gimna–sium, sentada entre compañe–ros inteligentes, escribiendo, estudiando, pensando, ocupada con plumas y tintas, papeles y letras, cuadernos y filosofías. Quería que su lugar de trabajo fuera la misma mesa en la que trabajaba su papá. Quería hablar con él como con un igual. Quería dedicarse a las cosas de la cabeza, a las cosas inteli–gentes.
Había ido temblando esa mañana al salón de profesores de la escuela cuando la maestra dijo que la esperaban. Tras una mesa enorme, estaban sentados todos: la directora, el inspector, todos los maestros y un señor que había visto siempre de lejos. Se trataba nada menos que del príncipe Cavale–rovs–ki, dueño de casi todos los campos vecinos del pueblo. Parece que en ocasión de la enfermedad de su hijo menor, había hecho una promesa: si se curaba, donaría una beca todos los años para que el mejor alumno de la escuela pudiera continuar sus estudios secundarios.
La elegida ese año había sido mamá por la composición que había escrito para la fiesta patria del 3 de mayo.
La directora se la había dado a leer al príncipe Cavalerowski quien se conmo–vió intensamente con el personaje que había inventa–do. Se trataba de Marek Krzysto–por, noble polaco que a los dieciséis años intervino en la gloriosa defensa de la ciudad de Viena contra el asedio de los turcos, la gran gesta del pueblo polaco en el siglo XVII al mando de Jan Sobieski. Marek, imbuido de misticismo religioso y patriótico, había arriesgado su vida al cruzar el Danubio y el cerco musulmán una y otra vez como correo entre los que defendían la ciudad sitiada, dentro de las murallas y el ejército que venía a liberarlos. Resaltó los valores más preciados de la cultura polaca: la valentía, la generosidad y el desprendimiento. Describió sus penurias y esfuerzos, y su firme determinación que lo llevó a que, aún herido, sin haber dormido ni comido por varios días, no cejara en su empeño y cumpliera cada una de las tareas encomen–dadas sin expresar en ningún momento desaliento ni desánimo ni siquiera pedir agradecimiento.
El príncipe Cavalerowski quiso asegurarse antes de conceder la beca prometida de que mamá, una judía, la merecía. Por eso la habían llamado.
Entró en el salón de profesores. Todos callaron. Las miradas convergie–ron respe–tuosamente en la figura del noble que permanecía de pie, inex–presivo. Era la primera vez que lo veía de cerca. Decían que era severo con los campesinos, pero que en sus posesiones nadie pasaba hambre. Le temían pero lo respetaban. La miró fijamente.
- ¿Serías capaz de hacer por Polonia lo mismo que Marek? - preguntó desa–fiante.
- No - se atrevió a contestar mamá mirando al piso -, creo que no.
- ¿Cómo se te ocurrió inventar el personaje de Marek?
- Por eso.
- Por eso ¿qué?
- Porque no me animaría a hacer lo que hizo él.
- ¿Es que tal vez te gustaría hacer algo así?
- No sé. Puede ser.
- ¿Cómo es que a una judía le gustaría hacer esas cosas?
- Por eso - levantó sus ojos hasta los suyos - porque soy judía. Los judíos formamos parte del pueblo polaco y nadie parece darse cuenta de ello. Igual pasó con Marek que no fue tomado en consideración por la historia, como Europa que pareció despreciar la generosidad de la sangre polaca derramada. Nadie reconoció las conduc–tas heroicas de sus guerreros, sólo recibieron palabras que se llevó el viento luego de haber entregado sus vidas en defensa de la cristian–dad. Si el mismo rey Leopoldo de Austria cuando volvió a Viena que había sido liberada por los polacos, no quiso saludar a Sobieski. Los orgullosos austríacos se sentían humillados por haber recibido ayuda de ese pueblo tan despreciado. No existe en Viena ningún monumento que recuerde a Sobieski y la reconquista. Yo inventé a Marek que ahora vive en el papel. El heroísmo de los polacos sólo existe porque vive en el recuerdo de su pueblo. ¿Quién mejor que yo, una judía, para saber lo que siente un pueblo no reconocido en sus valores, que se esfuerza por ser aceptado y recibe sólo desprecio?
Eran los ojos azules más altos que había visto en su vida. La nariz recta, neta y afilada señoreaba sobre su sonrisa, larga como su talle, soberbia como su prestancia. El saco azul, entallado, elegante; los botones dorados y relucientes así como el escudo familiar bordado sobre el bolsillo superior; la chalina de seda natural; los breeches que se estrechaban en las pantorrillas y las botas de cuero, lustrosas y altaneras que remataban en unas espuelas brillantes, botas que no habían necesitado pisar el barro para llegar hasta allí; el sombrero apoyado sobre el escritorio, pero sobre todo la fusta que llevaba debajo del brazo y el rosario con el que jugueteaba abstraído haciendo oír las cuentas que pasaban entre sus dedos y su mirada sobre ella. Su mirada.
- ¡Sí! No hay ninguna duda: es ella.
Más que corriendo, llegó a su casa volando. Casi sin aliento buscó a su padre. Estaba en su mesa de trabajo, rodeado de libros y papeles, con su barba oscura, y sus ojos profun–dos. Dejó que le contara todo. Había algo indefinible, algo que no estaba bien, pero mamá no quería distraerse de su felicidad, no quería prestar atención a lo que pudiera opacar–la. Buscando en su alma la manera de hablarle con las palabras adecuadas, su padre no la interrumpió. Mamá se explayó en sus sueños tan largo tiempo conteni–dos, no titubeó en confiarle las escenas que había bordado en ellos, los años por venir, sus jornadas de estudio con compa–ñe–ros interesados en lo mismo que ella. En silencio permitió que dijera todo eso, que se riera, que lo abrazara. No dijo nada. Sólo su mirada, por momentos húmeda, por momen–tos dura. Sólo su mirada, como una puerta que se entreabría lentamente a una oscuridad desconocida.
Pobre abuelo. Esta vez le costaba empezar a hablar. Paseó su mirada por la mesa llena de libros y papeles que parecían resultarle inútiles. No buscó el nudo que sobresalía de la vigueta del techo.
- Sentate-, dijo y, como tantas otras veces con otra gente, lo vio dirigirse hacia la alacena y sacar dos vasos. Sirvió el té. Le alcanzó uno, al que le puso un terrón de azúcar de los que servía en las ocasiones especiales. Acarició su cabeza, acercó una silla, se sentó y le dijo:
- Pensemos juntos. Esto es serio. ¿Querés?
- Sí - conteniendo el llanto.
- Veamos. Siempre soñaste con poder ir al gimnasium, con poder dedicarte a estudiar y nunca te atreviste a contár–melo porque sabías que yo no te lo podía pagar, ¿es así?
Asintió en silencio. Con el estómago contraído, la boca seca, no podía seguir mirándolo y no podía dejar de mirarlo. El abuelo buscó entonces, como otras veces, el nudo sobresa–lien–te de la vigueta del techo, pero no debe haber encontrado nada allí, porque miró a mamá al hablar:
- Me siento muy orgulloso de que te hayan concedido este honor, de que seas mi hija, de que le hayas hablado con tanta sabiduría e inteligencia al príncipe y de que yo viva para verlo. Pero Dios ha dispuesto que provengas de una familia pobre, que seas judía y mujer. ¿Cómo luchar contra eso? El mundo que nos rodea es un mundo de gentiles, un mundo que teme a los judíos, que los odia, que los acusa de cosas inimaginables. Un judío está obligado entonces a ser mejor que ellos, doblemente bueno, pero debido a eso, corre el peligro de ser envidiado y odiado precisamente por su talento y su capacidad. Pero vos, además de judía, sos mujer y pobre. Pensemos en las alternativas. Supongamos que aceptás la beca, que vas al gimnasium y que conseguís terminarlo, Soniusia de mi alma ¿qué será de tu vida entonces? ¿Lo pensas–te? Los sueños son maravillo–sos sólo en el momento de soñar, cuando llega la hora de hacer es siempre distinto, más amargo, más duro. ¿Cómo te imaginás tu vida después, una vez que el gimnasium esté terminado? A los dieciocho años una mujer espera casarse, ¿qué otra cosa le está destinada en este mundo? ¿Y quién querrá casarse con vos? ¿Quién? En el gimnasium estarías con personas instruidas, adquirirías cultura, ¿te gustaría casarte con un hombre de trabajo, inculto, respetuoso de la ley, pero sencillo y hones–to? Sabés que no, que querrías un igual, alguien con quien hablar, con intereses culturales e intelectuales, de modales educados, que no se dedicara a trabajos físicos tan embrutece–dores. ¿Y quién de esas condiciones querría casarse con vos? Sabés que los muchachos educados son los candidatos más buscados por las familias adineradas que pueden permitirse el lujo de tener a alguien que no necesite ganar dinero y les de prestigio. ¿Que muchacho va a querer casarse con vos para ser eternamente miserables los dos? No sueñes. Ninguno. Seguro que, como sos tan linda, no te faltarán candida–tos, pero sólo muchachos pobres y de bajo nivel cultural. En ese caso, ¿qué va a ser de vos, casada con un hombre humilde? ¿Te vas a dedicar a atender la casa lavar, cocinar y criar hijos, planchar de sol a sombra, alejada de tus amados libros por falta de tiempo? Y si llegaras a encontrar el tiempo, ¿a qué soledad espantosa estarías conde–nada no teniendo con quién hablar ni con quién compartir tus gustos, intereses y necesida–des? Queda enton–ces como última alternativa: que no te cases, que sigas sola tu camino, un camino para el que no hay lugar en esta sociedad. ¿Qué será de tu vida si te quedás sola? ¿Cómo podrías subsistir? ¿Quién te va a respetar?, ¿para qué te va a servir haber estudiado, tener cultura? ¿Para qué?
- No lo sé papá. - dijo mamá- No lo sé.
Así fue mamá. Como decía el abuelo: cada cosa en su lugar y cada persona debe saber cuál es el sitio que le corresponde en este mundo.
El abuelo murió antes de que el mundo cambiara las reglas del juego, tanto que ya no era reconocible, parecía otro planeta. Se murió creyendo que la bondad, la rectitud y la inteligencia eran suficientes. Se murió, por suerte para él, sin saber hasta dónde se podía llegar.
Nunca supo lo que vos sabés y que yo sólo intuyo.
No me gusta verte en el sanatorio. No me gustan estos olores ni estos ruidos. Pero ahora que estás internada me animo a preguntar. Verte acá me golpeó con la evidencia de que un día puedo no tenerte más. Como siempre, me doy cuenta tarde de las cosas. Recién ahora empecé a tener miedo de que te fueras, de no tener ya la oportunidad.
[1] Schlemazl (idish): literalmente desgraciado, sin suerte, desdichado; tiene una connotación despectiva.