Argentina, 1991 - Argentina, 1954.
Me ví reflejada en una vidriera, con esa campera desteñida, las zapatillas viejas, las medias que no combinaban y el pelo llovido, sin gracia, desmechado. Estaba fea. Me pareció escuchar que alguien gritaba mi nombre.
¡Hacía eternidades que nadie me llamaba con mi apellido de soltera! Desde la escuela primaria. Había una mujer frente a mí. Me miraba. No supe quién era, no encajaba allí. Estaba fuera de lugar en ese lugar, fuera de tiempo en ese tiempo. Tenía algo que me recordaba a alguien pero no podía acomodarla en las vagas imágenes que guardaba de las caras de mis compañeras de escuela. Porque tiene que ser de la primaria, pensé, ¿de dónde si no?
- Soy Perdía, -dijo-, Marta Perdía, la que se sentaba atrás tuyo, ¿te acordás?
¡Marta Perdía! ¡La que se sentaba atrás mío! No, no la había reconocido. Es más, casi no la recordaba. Treinta y cinco años después, otra cara, otro peinado, otra ropa, otro cuerpo, otra voz. Era otra persona. Aquel pelo castaño deslucido, peinado con flequillo y raya a un costado era una melena sexy con reflejos rojizos; las uñas comidas, eran ahora amenazantes esculturas violetas; traje sastre impecable color gris, zapatos y medias al tono, un bolso hermosísimo y muy caro... Nada que ver con aquella nena opaca de la que no llegué a ser amiga, que casi no había conocido.
- Perdoname, no te reconocí - buscando un pretexto - tengo mala memoria. Además estaba abstraída pensando en lo que tengo que comprar - y escondí las manos para que no viera mis uñas desparejas ni las cutículas arrancadas. Marta cargaba varias bolsas. Seguro que consiguió regalos maravillosos y baratísimos, me dije, y que los compró con rapidez, sin titubear, no como yo que no sé para dónde correr.
- Yo, sin embargo, te reconocí enseguida - dijo Marta - Estás idéntica. Parece mentira...
Parada en ese pasillo repleto de gente del shopping, los ojos de Marta Perdía en mis ojos reabrían sin pedir permiso una vieja carpeta archivada, un álbum de fotos lleno de polvo.
- ¿Cómo estás? ¿Cómo te fue todos estos años? ¿Tenés un rato? ¿Tomamos algo y charlamos? Dale... Vamos.
Fuimos a un café alemán o tirolés o algo así. El trayecto me permitió tomar una cierta distancia entre los recuerdos que volvían y el presente.
- Un té con limón por favor -, pidió Marta a la jovencita rubia disfrazada de tirolesa que atendía la mesa.
Otras imágenes me ocupaban, pedazos de infancia que no me visitaban habitualmente, que no sabía que guardaba con tanta fidelidad. Estaba caminando las tres cuadras que separaban mi casa de la escuela. Al llegar ví en el frente:
E S C V E L A M A N V E L P E ñ A,
manvel con "v", ¿por qué no era "manuel" con “u”?, y, enseguida las decenas de carátulas
ESCUELA Nº: 15,
DISTRITO ESCOLAR: 18
DIRECCIÓN: Segurola 1104
ALUMNA: yo
MAESTRA: no me acordaba de ningún nombre
DIRECTORA: de esta sí me acordaba
AÑO: ¿1955? ¿1956?
GRADO: ¿cuarto? ¿quinto?
- Bueno, contame. ¿Qué fue de tu vida? ¿Te casaste? ¿Tenés hijos?¿Trabajás?
Yo no tenía ganas de hablar, pero no quería ser descortés. Le conté someramente los datos administrativos, las edades de mis hijos y llegué al presente:
- Y aquí estoy, con mi hija de doce años que espera recibir algún regalo para el día del niño y yo, como siempre, no se qué comprar. ¿Vos para quién compraste?
- Mi hija mayor tuvo un hijo, tengo un nietito de poco más de un año. Me tiene completamente enloquecida. Para esta edad es más fácil comprar, cualquier cosa les gusta. Lástima que está tan bien envuelto que si no te lo mostraba.
- ¿Qué le compraste?, por ahí me das una idea.
- Un osito de peluche, de esos blanditos. Creo que no es para su edad, porque se lleva todo a la boca, pero tenía una carita tan linda que no me pude resistir y se lo compré. Al principio estará como adorno, supongo.
- No se me había ocurrido. Le voy a comprar lo mismo a mi hija. Le va a encantar.
Nos aflojamos. Me parecía que no teníamos de qué hablar, que no teníamos nada que ver. Marta encendió un cigarrillo.
- Mi hijo del medio es el que más se me parece. Mirá -y sacó de su cartera unas fotos que me alcanzó.
Otra vez las fotos, pensé en la metáfora de las hojas del álbum que nunca más había revisado. Y las guirnaldas, las guardas, las florcitas del cuaderno, el olor del cuaderno nuevo con las hojas que se resistían a despegarse. El papel araña azul, las etiquetas, las mañanas frías formadas para izar la bandera. “¡Tomen distancia!”
- Audá se leva...- dije.
- Asú lun ala...- me siguió el tren Marta - El áureo rostro imista...
- ¿Te acordás del mate cocido, ése que venía en el carrito con agujeros? - dije mientras me llevaba a la boca la taza de té - casi no se podía tocar el vaso de lo caliente que estaba, ¿te acordás?.
En casa no se compraba yerba. El mate cocido para mí era delicioso, me encantaba el olor, metía la nariz en el humito que salía y mojaba en él la galleta marinera que nos daban los de la cooperadora.
- A mí no me gustaba mucho. Yo esperaba el recreo largo para jugar a la esquinita. Vos no jugabas a eso ¿no?
- Sí, a veces sí. Prefería los álbumes de figuritas, las de brillantitos o las alemanas, de angelitos.
- Yo no tenía de ésas - sin que se llegara a oscurecer su mirada.
- Y bien que te daba rabia - sorprendida por el recuerdo de la frase hiriente que le escuchara en el baño: "andá a saber qué mentira le dijo al de la librería para que le diera el álbum, ¿no lo habrá robado? Todos los judíos roban" - ¿Te acordás de cuándo entronizaron la bandera?- Me habían elegido para sostener la bandera nueva; no cabía en mí del orgullo. Cuando le conté a mamá que me habían elegido como abanderada, no lo podía creer “¿a vos? ¿a una judía? ¡mirá qué país es éste! ¡eso en Polonia jamás habría pasado! Una judía llevando la bandera.... ¿quién lo hubiera dicho?” - Vos fuiste la única que no me votaste para abanderada. ¿Por qué fue?
- No sé. No me acuerdo. Hace tanto tiempo. Lo único que me acuerdo es que tu mamá te había hecho unos rulos divinos, que tu pelo brillaba y que estabas muy contenta.
Qué nervios tenía. No pude dormir esa noche. Habíamos ensayado todos los movimientos. Vinieron los granaderos, el cura, las autoridades del distrito, muchos padres, y yo entré erguida, con la frente alta, pisando firme mirando a cada uno a los ojos. Sabía del honor que me habían conferido. Había trabajado mucho para conseguirlo, era tan argentina como todas las demás, no había ninguna diferencia, nadie se daba cuenta que mamá y papá no hablaban bien castellano, que no sabían nada de la Asamblea del año XIII y de la abolición de la esclavitud y los tormentos, era igual que todas las demás. También pasó lo de la directora cuyo nombre no puedo olvidar. En su discurso, pleno de frases hechas rimbombantes y vacías, dejó claramente sentada su amplitud de criterio diciendo que era un orgullo para ella y para este bendito país que a la única extranjera de la escuela y además judía se le había conferido el honor de llevar el símbolo patrio. Con micrófono y señalándome con le mano izquierda lo dijo. No podía bajar la frente allí en el escenario parada frente a todo el mundo. No podía llorar ni escaparme corriendo. Me cubrió una inexplicable vergüenza, una extraña sensación de estar usurpando algo, de que ése no era mi lugar, que no me correpondía, que tenía que renunciar.
- En tu casa eran radicales, ¿no? - le pregunté de pronto. Marta contaba en la escuela que su familia era radical, no le daba ni miedo ni vergüenza. Yo, cada vez que podía le decía “radical”, se lo decía despacito para que nadie lo escuche, nadie que los pudiera denunciar, no quería que les pasara nada, sólo quería mostrarle que conmigo no se podía jugar, que yo sabía y que ojito con lo que hacía o decía. Se la tenía jurada.
- Y vos no perdías oportunidad de achacármelo, ¡eras una!... ¡Qué épocas! parece mentira lo que eran las cosas, si uno no era peronista no tenía derecho a nada. Vos eras una peronista fanática, me acuerdo.
- Sí, adoraba a Evita, era mi modelo, un hada, soñaba con ella y con trabajar en la Fundación cuando fuera grande.
Me había creído todo. Estaba tan fanatizada que ni siquiera en mi casa decían nada en contra de Perón y Evita. ¿Tendrían miedo de que los denunciara si decían algo malo? Me leía todo lo que me daban en la Unidad Básica.
- En mi casa me decían que no me acercara a vos, que siempre te veían por la Unidad Básica y por la Fundación. Parece mentira que nos cuidáramos de nuestras propias compañeras de grado. A vos no se te podía decir nada de Perón, te ponías furiosa, ¡yo te tenía un miedo!
- ¿Miedo? ¿Por qué?
- Nunca me voy a olvidar de esa vez cuando vino la practicante que contaste de lo mal que te sentías porque te daba fiaca levantarte a las siete de la mañana cuando el general estaba trabajando desde las cinco, que había que imitar al primer trabajador argentino, que el país sería un ejemplo en el mundo si todos hiciéramos como él. Parecías el libro de lectura.
- Y eso que lo que quería era leer "La Razón de mi Vida", ....- No veía la hora de ir a quinto grado para tenerlo como libro de lectura y empezar la secundaria para poder ir a la UES. Me creía todo. Los cantitos, los versitos, los dibujitos, las frasecitas. Decirle a alguien “radical” era peor que decirle hijo de puta para mí. No entendía nada de lo que pasaba, me había quedado con la simplificación infantil, con ese mundo que me planteaban de buenos y malos, con la pareja de padres omnipotentes e infinitamente bondadosos que irían a resolver todos nuestros males a condición de la total lealtad. Los radicales se oponían a todo eso. Luego, lo “radical” estaba ligado para mí a la oscuridad, a la traición, a lo artero y vengativo, a los valores más negativos de la humanidad, la esencia de la maldad, de lo diabólico Ahora me doy cuenta que yo, una fanatizada y ciega peronista, sentía hacia los radicales como los antisemitas hacia los judíos. ¡Vaya con el descubrimiento! .- Y hoy todo se dio vuelta. Estoy afiliada al radicalismo, me afilié para que ganara la interna Alfonsín. No me digas que vos sos peronista ahora.
- El problema lo tengo con mi hijo del medio, el que te conté, ése me salió radical como vos, se junta con mis viejos y me cargan... sí, mi marido está en la Renovación, no es lo mismo que lo de antes. Yo qué sé. Las cosas ya no son tan claras, ¿no?
- ¿Compraste algo más?
- Sí, para mi hijo menor que estudia para arquitecto. Le compré una lapicera pero de las buenas, con capuchón de oro 24. No lo puedo ver con esas biromes baratas.- Hizo un silencio ausente- Ya vengo - y se fue al baño.
Me quedé sola. Lo de la lapicera me hizo recordar otra de las fotos que parecía olvidada, una triste que seguía doliendo. El día que me regalaron la lapicera fuente, cuando cumplí los doce años.
Los sábados a la mañana, mi papá solía ir al centro para hacer trámites, ver clientes, encontrarse con amigos. A veces, no sin alguna insistencia, conseguía que me llevara con él. Ir al centro de Buenos Aires con papá era una fiesta. Los ruidos, la gente, los colectivos, tomar el subte... Salíamos en la Nueve de Julio, en el obelisco. Caminábamos por Lavalle y me sentía en un sueño entre tantos cines, carteles, fotos... Me habría parado en cada foto, habría leído cada epígrafe. Veía pasar los bares y cafés. A veces, entrábamos a tomar algo. Yo pedía una granadina, más que nada por ver el color.
Una de las veces que lo acompañé, fuimos a visitar a un griner, un paisano de su pueblo. Tenía una distribuidora de artículos de librería. Lápices, lapicitos, lapiceras, plumas, plumines, gomas, gomitas, cuadernos, hojas, figuritas, tinteros. Era el paraíso terrenal. Mientras mi papá y su amigo hablaban, yo revisaba estantes, cajones, anaqueles, totalmente abstraída del mundo. El amigo de papá se dio cuenta de la pasión con la que tocaba todo porque al final, cuando nos estábamos yendo, me dijo que me quería regalar algo. Buscó detrás del mostrador. Tomó una caja. Sacó de ella una cajita. La abrió. Le satisfizo lo que vio adentro, la volvió a cerrar y me la entregó. Yo no sabía qué era, pero veía la expectación en su mirada. Cuando levanté la tapa se me aflojaron las piernas: ¡una lapicera fuente! Se me llenaron los ojos de lágrimas. Ni gracias le pude decir. Me dio también tinta y me explicó cómo se hacía para llenarla. La desenroscó, apretó la goma mientras introducía la punta de la pluma en el tintero, fue soltando la goma despacito y ya estaba. Me lo hizo probar a mí varias veces y la lapicera fuente fue mía. La Directora tenía una lapicera fuente. Cuando nos firmaba una nota en el cuaderno de clase, no tenía que mojarla a cada rato en la tinta como teníamos que hacer nosotras. Además no se le borroneaba, ni corría el peligro de romper la hoja del cuaderno si apretaba demasiado fuerte. Tampoco tenía los costados de los dedos manchados con tinta. La mirábamos arrobadas. Era una cosa fantástica. Te hacía las cosas más fáciles, te salía la letra mejor, no tenías que llevar tintero... además era hermosa, con ese capuchón de metal reluciente, como de oro y el ganchito para ponérsela en el saco, como la llevaba el Dr Sanguineti, el presidente de la Asociación Cooperadora. Todas queríamos tener una. La única chica de la escuela que tenía, era Susana, la hija de Sanguineti, que tenía mucha plata. No veía la hora de que llegara el lunes para ir a la escuela a mostrar mi nuevo tesoro. Y todo fue como lo imaginaba: los “¡ah!”, los “¡oh!”, los “¡qué linda!”, “¿la puedo tocar?” “¿necesitás secante?”... En el recreo me rodeó prácticamente toda la escuela. Sólo se la presté para que la prueben a mis mejores amigas, Graciela, Luly y Estela. A las demás no. Mi papá me había llenado de recomendaciones, que la cuidara, que era una cosa muy cara, que no porque fuera un regalo la tenía que despreciar, que ni siquiera él tenía una así
La felicidad duró hasta el jueves. Casi cuatro días.
El jueves, volví de la escuela y después de almorzar, cuando la mesa estuvo limpia, prendí la radio para hacer los deberes. Siempre hacía los deberes con la radio prendida, a esa hora estaba el programa de Rinso, en el que Cacho Fontana llamaba por teléfono y si el que atendía decía "Rinso" ganaba. Saqué los útiles de la valija, el cuaderno de clase, el de borrador, la cartuchera, el libro de lectura y el manual y me puse a hacer los deberes. Primero hice las cuentas en borrador, en lápiz y cuando estuve segura de que estaba todo bien, busqué la lapicera para pasarlo en limpio en el cuaderno de clase. No la encontré.
«La habré dejado suelta en la valija» pensé. Vacié toda la valija, revisé cada hendija, cada rincón. Y no. La lapicera fuente había desaparecido. Llorando llamé a algunas chicas. Pero no. Nadie sabía nada.
- Te la robaron - dijo papá con esa expresión que nunca pude olvidar.
Al día siguiente le dije a la señorita que me había desaparecido la lapicera fuente. Ella se dirigió a todo el grado y preguntó si alguien había visto la lapicera. Nadie contestó. Me preguntó cuándo me había dado cuenta, qué había hecho al salir de la escuela, si recordaba haberla guardado en la cartuchera. No. No lo recordaba. Lo único que sabía era que el día anterior la había llevado al colegio, que había escrito con ella y que al llegar a casa, ya no estaba. La señorita dijo lo que todas ya estábamos pensado, dijo que alguien, alguna chica del grado, la había robado, que eso no estaba bien, que envidiar a una compañera era un pecado, que la tenía que devolver inmediatamente. Nadie se movió. Siguieron días de composiciones dedicadas al bien y al mal, al robar y al mentir, al egoísmo y la solidaridad, a la culpa y al perdón. En la hora de Religión -yo no iba a Moral, me gustaba más estar con las chicas en Religión-, la maestra habló de la diferencia entre los pecados mortales y los veniales. Dijo lo que decía en el catecismo, que los veniales, eran los que no eran para tanto, los que se podían perdonar con oración o actos de constricción, mientras que los mortales no se perdonaban nunca, ni siquiera con el arrepentimiento, a menos que fuera sincero, que el pecador se iba derechito al infierno donde se cocinaría por toda la eternidad. Estaba enojada ese día la señorita. Dijo que ya de por sí robar era malo pero que a veces se podía comprender, por ejemplo si una madre no tiene alimento para su hijo, que robe un pan no era pecado, era una necesidad. Ahora, robar a un compañero, a una compañera de grado, era, además de robar, de tomar para sí algo que no era propio, era defraudar la confianza que era la base de las relaciones entre las personas, lo que nos hacía poder estar juntos, ser mejores que los animales. Todo eso dijo. No sé cuánto le entendimos en ese momento, pero creo que fueron sus textuales palabras. Agregó que Dios, en su infinita sabiduría, se ocuparía de que la víctima olvidara al cabo de un tiempo, la pena por el objeto perdido y tal vez también la confianza traicionada, pero que la culpable no lo podría olvidar jamás, que, si no confesaba su delito, si no restituía la lapicera fuente a su dueña, nunca recobraría la confianza en sí misma y viviría el resto de su vida avergonzada por lo que había hecho.
La lapicera fuente nunca apareció.
La señorita había tenido razón: hasta ese día, yo no lo había recordado más.
Marta volvió del baño, de muy lejos. Volví penosamente de mis recuerdos y encontré su cara. Cambiada. Había una sombra en su mirada.
- Nada... no es nada. Cosas que recuerdo. Muchas veces te quise buscar. No sabía tu apellido de casada, no sabía qué había sido de vos.
Nos miramos a los ojos. Nos quedamos suspendidas. Tendimos un puente hecho de ilusiones, pensamientos, recuerdos, penas, remordimientos, años.
No hablamos más.
Nos despedimos.
No intercambiamos teléfonos ni direcciones.
Nos pusimos los abrigos. Ella tomó sus bolsas y tomó por el pasillo de la derecha. Yo me fui por el de la izquierda a buscar el muñeco para mi hija.
Cuando fui a sacar las llaves del coche que tenía en el bolsillo de la campera, encontré un paquetito envuelto para regalo. No me pregunté qué era. Tampoco me sorprendí cuando, al desenvolverlo, encontré la lapicera. No era la misma, no era aquella que había perdido treinta y cinco años atrás, pero permitía que tanto Marta como yo recuperáramos la ilusión de que algunas cosas podían escribirse de nuevo.
Sí mamá, las cosas de las que uno se acusa persisten en el tiempo, como si fueran de plástico, no son biodegradables.
¿Cómo perdonarse a uno mismo?
¿Cómo encontrar por fin la paz?
Uno no puede convencerse a uno mismo, uno se sabe de memoria, está desnudo ante sus miserias, sus poquedades, sus vergüenzas, sus debilidades.
¡Cómo quisiera ser tu Marta Perdía y devolverte esa lapicera que te robó la vida!
Sí, como dije antes: estudiar, tener ese título fue quizá la forma de compensarte. Vos no pudiste. Fui yo. Tu hija. Tu carne. Tu sangre. Yo estudié. Otra generación, otra época, otro lugar, pero una mujer, como vos.
Presa de la época y de la pobreza, a pesar de todo no te entregaste y me pasaste el legado a mí. Yo era la encargada de llevarlo a cabo. En tu nombre. Por tu papá.