Argentina, 1990. - Polonia, 1942-44
Como decía, papá siempre tan cuidadoso. A veces de maneras enternecedoras y delirantes, como cuando estuvieron escondidos.
- ¡Hola!
- ¿Cómo estás mamá?
- ¿Quién habla?
- ¿Cuántas mujeres te llaman por teléfono y te dicen "mamá"?
- Perdoname... no te reconocí.
Hace treinta años que no vivimos juntas. Hace treinta años que nos llamamos por teléfono para saber cómo estamos. Hace treinta años que cuando la llamo me pregunta "¿quién habla?", como si tuviera tantos hijos que no reconoce la voz de uno, como si yo no fuera su única hija mujer. Su desconcierto es tan grande cuando le muestro mi irritación, su pedido de perdón tan sincero que no puedo más que tragarme el enojo -¿irracional?- que me produce.
Me hace sentir otra vez como cuando era adolescente y me molestaba todo lo que hacía y decía.
No podía tolerar lo que para mí era su frívola coquetería. No lo podía tolerar. La acusaba de superficial, estúpida, intrascendente, hipócrita, manipuladora. No sé qué tenía que ver la manipulación con la coquetería, pero yo me las ingeniaba para vincularlas de alguna manera y acusarla. Recuerdo vívidamente la intensidad de mi desprecio. Hoy que tengo una hija adolescente me duele a dos puntas.
- ¡Nunca me escuchás cuando te hablo! ¡no me prestás atención!, me dice hoy mi hija. La miro y no comprendo. ¿Ahora me toca a mí? ¿Y yo qué hice? ¿Qué es lo que no escuché? ¿De dónde saca que no le presto atención, que no me importa, que no me ocupo de ella, si es lo que más quiero?
- Yo también te quiero, me dice con tierna perversidad y me perdona la vida.
Eslabones de una cadena invisible. Uno a continuación de otro. Uno para acá, otro para allá, uno para acá, otro para allá.
Mamá me había llamado la noche anterior pero no me encontró en casa. La llamé a primera hora de la mañana. Luego del habitual “desconocimiento”, me dijo:
- ¡Estoy desesperada...! No dormí en toda la noche... Ya no pude esperar más para llamarte. Perdoname que te llamé tan tarde....
- ¿Qué pasa mamá? ¿Qué pasó?
- ¿Vos me devolviste las llaves del departamento de la playa?
- Sí, ni bien llegamos te las dí. Estaban en un estuche verde, me parece que de plástico. Adentro también estaban las llaves de las cerraduras que pusimos en las puertas de los placards y la de la traba del teléfono.
- No, no me las diste. Es imposible. Yo guardo las llaves siempre en el mismo lugar, en esa cartera que tengo para los viajes, la del cierre adelante, ¿te acordás? y no hay nada allí, nada, busqué y busqué mil veces, revolví todo, y no están. ¿Por qué no buscás en tu casa?
- Pero no mamá, si yo te las dí (Y empezaba a dudar: ¿se las había dado? Recordaba que había tenido la intención de dárselas, que lo había pensado, pero no recordaba el momento físico en que lo había hecho...)
- Llamá a tu marido. Él se va a acordar.
- ¿Para qué tengo que llamar a mi marido? ¿Qué te creés, que soy una nena o que estoy amnésica? Si te digo que te las dí, es que te las dí. (Mi irritación iba en aumento. La acusación de mamá combinada con mi incertidumbre me resultaban mortales.) Al mediodía voy a tu casa y las buscamos juntas.
Cuando llegué y la ví, mi enojo se diluyó: pálida, bajita, demudada, agitada, parecía una nena chiquita asustada y confundida.
- Son sólo llaves mamá... no es para tanto, pero no se dejó abrazar, no era momento de ternuras.
- ¿Buscaste bien en tu casa? ¿Revisaste tus carteras y tus bolsos? ¿En los bolsillos de los sacos, los pantalones?
- Sí mamá, revisé en todos lados, le dije sabiendo que sabía que no lo había hecho. Vamos a ver. Tranquilas vamos a revisar otra vez todos los lugares en los que podés haberlas guardado.
Las encontró ella sola. Yo estaba en el baño en ese momento. La encontré sentada en la cama, con la mirada perdida, diciéndose: "¿por qué las guardé ahí? si nunca guardo llaves ahí... ¿qué se me ocurrió? ¿qué tenía en la cabeza en ese momento?"
- ¿Dónde estaban?
- Ahí, y me señaló el que había sido el placard de papá. ¿Sabés qué? Tal vez pensé que con él estaban seguras...
- Como en el escondite.
- Sí, tenés razón, igual que en el escondite. Me sentía tan segura con él. ¿Sabés qué hacía? Es para reír. Cuando venían los aviones ya sabíamos si tenían bombas o si estaban vacíos, hacían otro ruido, o volaban más bajo, no sé, pero sabíamos que enseguida venía un bombardeo. Si caía una bomba en la casa, los primeros que moríamos éramos nosotros, estábamos en el altillo. Entonces él se acostaba encima mío, todo su cuerpo tapaba el mío y me acariciaba la cara con las manos y me decía: "nada te va a pasar, nada, si cae una bomba me va a matar a mí pero vos vas a vivir, no te preocupes". Y yo le creía y no tenía miedo.
Este relato ya lo conocía, mamá, pero siempre me deleita escucharlo. Como cuando a los chicos se les cuenta el mismo cuento una y otra vez y lo quieren volver a escuchar, siempre igual, con las mismas exclamaciones, con los mismos murmullos, con la misma anticipación. Igual podría escucharte contar esta escena mil veces, siempre con el mismo tono, con la misma semi-sonrisa, con los ojos entrecerrados como si pudieras ver, como si estuvieras ahí y añoraras esa vivencia de protección que papá te prometía y a la que te aferrabas con la certeza del que sabe que no es verdad pero necesita creer para poder seguir.
Y no te equivocaste tanto. Salieron vivos de ese escondite, siguieron vivos, estamos vivos. Y una vez acá, en la Argentina, nos siguieron protegiendo, esta vez los dos. Y nosotros, igual que antes vos, nos aferramos a esa certeza sabiendo que no era así pero, igual que vos, necesitamos creer para poder vivir. Con sus cuerpos nos protegieron del bombardeo de recuerdos frente a los que no había manera de defenderse salvo construyendo barricadas y trincheras nuevas, territorios seguros. O, al menos, que lo parecieran.
Prosperar. Trabajar. Armarse para lo que pudiera suceder, es decir estudiar, tener nuevas llaves que nos permitieran abrir otras puertas. Era imperioso que estudiáramos. El territorio donde debíamos construir nuestra supervivencia estaba en la escuela. Esto no era Polonia. En la Argentina ser judío era menos terrible. En la Argentina no había guerras. En la Argentina la gente tenía comida y trabajo. En la Argentina estábamos seguros. Estudiar. La llave era estudiar. (Sin ironías lo digo hoy, mamá, sin ironías porque entonces era sí, era eso lo que creíamos, era así como veíamos a este lugar del planeta).
Las llaves, los escondites, los secretos, las precauciones que llenaron los primeros años en la Argentina, dejaban ver historias que siempre se contaban a medias. Mis tímidas preguntas nunca eran respondidas de lleno. Siempre terminabas con “la escuela te va a enseñar” como una letanía.
Pero mis preguntas no tenían nada que ver con la escuela, vos lo sabías, pero cómo me podías decir si vos misma no querías ni siquiera pensar. En la escuela no me explicaban nada de lo que quería saber. Eso creía al menos. Tal vez, cuando me mandabas a la escuela, lo que me decías era que había cosas que no entendías, que no sabías, que tal vez si yo estudiaba yo podría encontrar esas respuestas que vos y papá no conocían.
Me hice un lío. No sé si nos querían proteger con el silencio o si mis preguntas amenazaban con enfrentarlos con las otras preguntas, las de los por qué, las de los cómo fue posible que... Por ahí, como siempre, las dos cosas juntas. Decían y no decían. ¿Cómo podían decirme algo de los reproches, de los pensamientos torturantes que los acosaban, de los gritos ensordecidos que temían se les escaparan durante la noche?
Tal vez tuvieron razón. Tal vez yo no estaba preparada para saber. Tal vez no podía entender la persistencia ni la fuerza de sentimientos y vivencias del pasado.
Poco tiempo después, Marta Perdía, una compañera de la primaria que creía haber olvidado, me enfrentó con algo de todo esto. No sabe Marta Perdía cuánto me ayudó a preguntar.