Argentina, 1989.

 

     No había bocaditos con manteca y caviar sobre la mesa.

Tampoco mozos sirviendo bebidas en copas de cristal.

Tampoco era sábado, ni de noche ni se oía música.

Había gente, gente que conocíamos de toda la vida pero que no reconocíamos del todo. No se trataba de una fiesta, donde siempre los veíamos. Miraban con otra intención, bajo otras luces.

Era raro verlos a esa hora, ese día de la semana, en esa circuns–tancia.

Un lunes.

De mañana.

Velando a papá.

 

No había flores sobre el cajón.

Era un cajón sólido, fuerte, de madera oscura, recortado contra el ventanal por donde se filtraba un sol pálido, casi europeo. Y a lo lejos, el río,  nublado y turbio.

No había objetos religiosos. A papá no le habrían gustado.

Sólo el cajón. Cerrado. Por supues–to.

Nada sabía yo todavía sobre la carpeta. Habrían de pasar aún tres días. Pero, de alguna manera misteriosa, estaba presente, allí, entre los murmullos y las miradas.

A papá le habría gustado su velorio. Esta–ban casi todos:– sus compa–ñe–ros de inmigra–ción, sus amigos de la mesa de póker, las esposas, las viudas.

Ese lunes a la mañana la muerte rondaba otra vez, los volvía a reunir como antes, en Polonia, oculto–s en bosques, escondi–tes y cuevas, huyen–do aterrori–za–dos entre barro, nieve, hambre y desespe–ran–za, perseguidos por el dolor de los que habían quedado en el camino. Padres, hijos, herma–nos, novios, amigos, tíos, vecinos, compa–ñeros de trabajo, primos, rivales, ex-novios, abuelos, maestros, conseje–ros se habían  desvanecido junto con álbu–mes de fotos, flores secas, certifica–dos. Huían desposeídos de casi todos sus puntos de referencia, vacíos– de tanto no com–prender. Sin familia ni perte–nen–cias, sin perspec–ti–vas ni fuerzas, maltre–chos y asusta–dos, pero milagro–sa–mente vivos, fueron llegando a nuestro puerto. Y este país, contra–dic–torio como la naturale–za huma–na, les dio refu–gio por la misma puerta que dejaba pasar a muchos de sus victima–rios, los nazis respon–sables de tanto. Veo en las fotos de mis primeros cumple–años a ese manojo de resuci–ta–dos, flacos, con los ojos grandes, las respira–cio–nes conteni–das, la sonrisa forzada ante la inminencia del flash y esas -aún hoy- incom–pren–sibles, desbor–dantes ganas de vivir. Se junta–ban una vez por semana y habla–ban del pasado. Recor–da–ban, pero se morían por olvidar. Halina tocaba el piano en un dúo con Nusio al violín. Después de los adagios y los pizzicatos, la cosa se animaba en serio y nos poníamos a cantar. Empezaban en polaco, con esos tangos europeos que me hacían reir y terminaban con las viejas canciones en idish. Moischale main fraint, Reisale, Papirosn, A Idishe mame, Vi nemtmen a bisale mazl, Warshe main, Oif'n pripetchek, Tumbalalaika, S'brent, Kinder iurn[1].... Era Roman el que siempre empezaba con el Hatikva que cantábamos todos de pie. No tenía idea todavía de que se trataba del himno de Israel. Tampoco sabía que hablaba de la esperanza.

Pero esas reuniones habían quedado en el pasado. En cuarenta años, la vida los fue llevando por caminos diferentes y se veían cada vez más espa–cia–damen–te. Sólo se cruzaban, como esa mañana, en los velo–rios. La muerte los volvía a reunir. Esa vieja novia que creían abandona–da volvía y reclama–ba su parte; habían aprendido a tomarla muy en serio, sin miedo ni solemni–dad.

Salí del living. Las voces amigas me remontaban a la infancia, a viejos olores que volvían y me tranquilizaban. No acepté ese refugio. Fui al dormitorio de papá. Miré la puerta de su placard bien cerrada con llave, como siempre. Me senté en su cama. Hundí la cara en su almohada que todavía olía a él. El cuarto no estaba vacío, su tabaco, sus pipas, su encende–dor... No lloré. Todavía no se notaba su ausencia.

Después fue el viaje al cementerio.

La espera en el hall de entrada mientras el cuerpo era purificado.

Más tarde el lamento en hebreo, atávico, desgarrador, incomprensible. La caminata hacia el lugar en que sería enterrado, cerca del monumento a los sobrevivien–tes. El rabino, los rezos y la navaja que abre un cauce nuevo en un lugar escondido de la ropa. El ruido de la tierra que cae, oscura y perfu–mada. Las despedidas.

 

Tres días después, llamó mamá:

- Encontré algo. No lo puedo abrir sola. Vengan.

Fuimos. No quisimos sentarnos a comer la sopa de cebada que había insistido en hacer y que tanto nos gustaba. Había urgencias en el aire, las respetamos y fuimos al dormitorio.

Mamá tomó las llaves de su cartera. Abrió la puerta izquierda del placard. Sacó una caja que también estaba cerrada con llave. La abrió. Tomó de allí un manojo de llaves. Con una de ellas abrió la puerta derecha del placard. (Los trajes de papá, los pantalones, la irrupción de su olor otra vez....) Había una caja de madera abajo, con un cerrojo. La tomó entre sus manos, se sentó sobre la cama y procedió a abrir la última cerradura.

Mi hermano y yo mirábamos hipnotizados la aparente interminable secuencia de llaves y cierres que se iban abriendo como bocas dispuestas, por fin, a hablar.

Mamá se quedó con la mano apoyada sobre la tapa de la caja.

- Papá me dijo “cuando me muera, voy a estar en esta caja”. No sé qué guardó acá; nunca me dejó ver, decía que era sólo de él.

Con las manos temblorosas levantó la tapa.

No sé qué esperábamos encontrar. Las palabras anticipatorias de mamá habían creado una expectativa casi insoportable.

Había una carpeta, tan solo una carpeta. Parecía insignificante. ¿Qué cosas guardadas en una carpeta chatita así podían resumir toda  una vida?

Era una carpeta de cartulina, de esas con solapas. Había sido gris, quizás verde; ya casi no tenía color. Los bordes ajados indicaban que había sido abierta muchas veces. Decía The Flint y, abajo,  los tres renglones mudos. Nada más.

Nos sentamos en el piso, a los pies de mamá, como al lado del fuego en una noche fría. Escuchábamos nuestras propias respiraciones. Éramos el mundo entero concentrado en lo que esas manos parirían de adentro de la carpeta.

Lo primero que sacó fue una ficha de poker o de casino de color rojo.

- Siempre decía que la vida era una ruleta-, comentó mamá con ternura.

Una factura de su taller de carpintería, con el logo que él mismo había dibuja–do, también en rojo; mi hermano no había nacido todavía, recién habíamos llegado a la Argentina; lo recuerdo sentado en la mesa de la cocina, cubierta por el hule verde con flores rojas y anaranjadas, probando qué dibujo quedaba mejor... si una mesa, si un bargueño, si un juego de dormitorio..., recuerdo cuando llegaron los talonarios con el logo definitivo, recuerdo su orgullo al ver escrito el pomposo "Fábrica de Muebles"...

Sacó después un mechón de pelo rubio atado con una cintita descolorida, ¿mío? ¿de mi hermano?;

- No me acuerdo-, dijo mamá. Seguramente era de mi hermano. No creo que hayan traído un mechón de pelo mío desde Polonia. De mi hermano, él nació acá, después de todo. Seguro que era de él.

Enseguida apareció un sobre blanco. Adentro, el título de mi hermano y mi primera tarjeta profesional; íbamos a ser más que carpinteros o costureras.

Mamá sacó luego un recorte de diario con la noticia policial de "el accidente" con nuestro Mercedes gasolero y nuestros nombres como sobrevivientes de la tragedia.

Después una mandolina recortada de una revista.

-Como la que tenía en Polonia- explicó mamá, -después que la sierra le cortó el índice de la mano izquierda, nunca más pudo tocar.

- Miren esta foto- dijo mamá- se la hizo sacar cuando soñaba con ser un actor, de cilindro, frac y boquilla, arriba de un escenario, cantar y bailar, eso le gustaba... miren qué buen mozo se ve en esta foto... parecía un gentleman, se ufanó.

Parecía que eso era todo. Sacó la carpeta de la caja.

- Acá hay algo más, dijo cuando encontró un sobre de papel madera que quedaba en el fondo.

Lo abrió lentamente. Aparecieron unos papeles resquebrajados, amarillentos, escritos en ruso.

- La moto, explicó mamá, la Skoda que había comprado después de años de ahorros, los rusos se la requisaron en el 41, cuando Alemania invadió, vinieron a casa y se la llevaron, pero dejaron estos documentos, "para que reclame cuando todo termine": el certificado de inspección técnica, la tasación oficial, y el recibo de requisamiento; todo debidamente firmado y sellado, pobrecito, nunca la pudo olvidar.

Un librito escrito en idish con una foto de un hombre con cara triste en la tapa.      - Las letras de las canciones de Gebirtig-, sonrió mamá mientras acariciaba las hojas como si escuchara la voz de papá,  -si lo hubiera tenido en escondite.... cómo las cantaba, se las quería aprender... pero nunca tuvo buena memoria, se acordaba sólo del principio y terminaba tarareando... cuando todo terminó, en una librería vieja de Cracovia lo encontró y como un tesoro, no sé, como un símbolo de lo que estaba recuperando, lo compró. Las canciones de Gebirtig....

Volvió a nosotros y sacó esta vez una libreta con tapa anaranjada prolijamente manuscrita en polaco.

-Las canciones, lo que les estaba diciendo-, suspiró nuestra guía, -las canciones que escribía cuando estábamos escondidos, tenía miedo de olvidarlas..., hay que hacer algo, estar ocupados, insistía; canciones de la escuela, los tangos que estaban tan de moda, las de las obras de teatro en idish... decía que tenía que tenerlas para cuando saliéramos, que él iba a volver a cantar...- Y se detuvo. Al dar vuelta una hoja, cambió el escenario, otro dibujo, otro clima, otra letra, una letra nerviosa.

-Es mi letra-, y quedó en silencio leyendo sus palabras....Queríamos saber. Nos explicó: -estábamos desesperados, escuchábamos los aviones llenos de bombas pasar por sobre nuestro, no podíamos escapar, debíamos quedarnos quietos, en silencio, nadie debía saber que estábamos ahí, parecía que el mundo entero había desaparecido, que estábamos solos..., no había futuro, sólo el miedo. Los rusos peleaban, ese Stalin nos podía salvar, de él dependíamos... Le escribí una carta-.

-¿A Stalin?- le preguntamos.

-Sí, a Stalin. Le expliqué, le dije que no habíamos hecho nada, que no sabíamos por qué nos estaba pasando esto, que nunca habíamos atacado a nadie, que no sabíamos como defendernos, que alguien tenía que venir y hacer algo, que estábamos solos y asustados, que por favor nos ayude, que mande al Ejército Rojo, que destruya a esos asesinos... Miren a quién le pedía, él mismo un asesino... ¿Pero qué sabíamos en ese entonces? Él era nuestra única salvación...

No preguntamos si alguna vez esa carta había sido enviada. No pudimos, porque en ese momento, mamá sacó los últimos tres objetos que guardaba el sobre.

Tantas veces los habíamos visto en las películas que ya se nos habían vuelto familiares.

-Sí, eran los nuestros-, contestó mamá a nuestra pregunta no formulada mientras nos alcanzaba los brazaletes de lona blanca con la estrella y los números en azul. Tampoco ella pudo seguir hablando. Sacó, del fondo más a fondo del sobre y de esa memoria que la muerte sacaba a luz, una media o quizás era un escarpín tejido, no lo pudimos ver bien, se lo llevó a la nariz y aspiró profundamente; abrazada  a él, cerró los ojos y sólo respiró. No hubo necesidad que dijera nada. Sabíamos de qué se trataba, sabíamos que era lo único que le quedaba de ese hijo que tuvieron que dar para que se salvara y que perdieron para siempre. Nos abrazamos con ella alrededor de nuestro hermanito perdido y de papá que había guardado estos tesoros para que pudiéramos empezar a saber.

 

“Cuando me muera voy a estar en esta caja” te había dicho papá.

Había soñado papá. Siempre tan precavido. Siempre adelantado un paso a lo que pudiera suceder.

No sólo él estaba en esa caja. Había más que eso dentro. Había un deseo, había un permiso. El abrirla fue para mí como entrar donde nunca había podido, ver cosas que nunca antes había visto, saber y oír acerca de sucesos que urgían ser preguntados y que nunca me había atrevido, mamá, nunca había podido, ¿sabés?.... Tampoco mis ganas de saber eran claras. Nubladas, borrosas como la mirada que uno tiene cuando recién se despierta, como cuando uno acaba de llorar, como cuando uno está sin dormir. Quería y no quería saber. Tenía miedo de abrir cicatri–ces que debían parecer cerradas. Tenía miedo de hurgar más allá y violar, avasallar, perturbar un recinto sagrado. Tenía miedo de tener miedo. Prefería no darme cuenta, prefería ser cómplice de ese simulacro que jugábamos de que todo estaba bien, de que todo estaría bien, de que todo había estado siempre bien.

La caja de papá me dio permiso. La caja de papá en la que él creia que estaba sólo él. Verte sacando uno a uno esos testimonios del pasado, de ese pasado que había estado suspendido como un techo invisible sobre nuestra vida cotidiana, me hizo ver que las cicatrices no eran tales, que las heridas subsistían, que de alguna manera misteriosa todo estaba igual que entonces, que el pasado nunca se había ido, que había sido engañado, sobornado para que molestara lo menos posible pero que ahí estaba, imperturbable, al acecho, esperando por mí, desafiándome.

Como una Eva del siglo XX me dejé tentar por la serpiente inquietante del pasado y decidí hincar, ahí no más, el diente en la incierta pero necesaria manzana del conocimiento.

Sí mamá, fue así como te empecé a preguntar.


 

     [1]   (Idish) Canciones populares judías.